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Nada más que libros – Rubén Darío

14 mayo, 2020 - Literatura, Poesía
Nada más que libros – Rubén Darío

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“ Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento”.

(Principio del poema “A Margarita Bebayle”. Del libro “Poemas de Otoño y otros poemas” -1.908-)

 


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Con el movimiento llamado Modernismo, la literatura hispanoamericana sale por primera vez de sus confines continentales y empieza a proyectarse en Europa. Los románticos habían intentado crear, con mucho esfuerzo y devoción, una literatura que correspondiese realmente a las nuevas naciones independientes. Muchos lo lograron y gracias a su esfuerzo la lengua y la literatura del Nuevo Mundo comenzaron a moverse hacia un área de expresión original. Pero el esfuerzo de los románticos fue en gran parte anulado por la incomunicación entre los distintos países y áreas que componen la América hispánica. Los pocos nombres de significación verdaderamente continental, como Bello, Sarmiento o Palma, tenían circulación confinada a lectores de auténtica conciencia americana. Sólo con el estallido del Modernismo, una literatura general hispanoamericana empezó a parecer posible. De los distintos grupos que se fueron formando a lo largo y lo ancho del continente, algunos escritores comenzaron a emerger y a circular fuera de las fronteras nacionales. Por primera vez, sus obras no sólo fueron leídas sino también publicadas en otros países del continente. Algunos llegaron a alcanzar fama en España y hasta en Francia. El creador a quien se debió esta proyección internacional de la literatura hispanoamericana fue Rubén Darío.

Rubén Darío, nacido en Metapa, Nicaragua, el 18 de Enero de 1.867 y fallecido en León, del mismo país, el 6 de Febrero de 1.916, se convirtió en el indiscutido maestro de la nueva literatura. Fue reconocido en todo el orbe hispánico como el mayor poeta de la lengua desde la muerte de Quevedo. Aunque ya a la hora de su muerte en 1.916 se podía notar una reacción hacia su poesía y los postulados poéticos que la fundamentaban, así como una reacción más general contra el Modernismo, la obra de Darío no ha cesado realmente de continuar ejerciendo una profunda influencia, como modelo hasta de lo que es imposible repetir, en las letras hispanoamericanas. A pesar de sus tempranas burlas, Borges, que llegó a decir que toda la erudición clásica de Rubén Darío venía del Petit Larousse y que era tan ignorante que confundía aburrimiento con Nirvana, tuvo que cantar la palinodia, y en su poesía crepuscular, de ciego que compone oralmente sus borradores, demostraría que el verso de Darío no está muerto. Ni siquiera el furor apocalíptico con que Luis Cernuda se ha dedicado a negarlo puede borrar el hecho de que su poesía, como la de todos, es inconcebible sin la revolución promovida a fines del siglo XIX por Rubén Darío. Como ha dicho uno de sus mejores críticos, cualquier poema escrito en español puede ser datado antes o después él.

Lo primero que hizo Darío como poeta fue inventarse un nombre más eufónico. De Félix Rubén Sarmiento pasó a ser Rubén Darío, lo que le permitía alejarse en el exotismo apócrifo de una Persia imaginada. Fue lector temprano y ávido, y muy pronto empezó a escribir poemas románticos. Una breve estancia en París cuando tenia doce años sirvió para documentar su admiración por Víctor Hugo. De regreso a su patria, los fondos de la Biblioteca Nacional le suministraron cierta familiaridad con la poesía española tradicional y clásica. En El Salvador conoció a Francisco Gavidia que lo orientó hacia los parnasianos franceses. También leyó a los poetas hispanoamericanos que habrían de ser injustamente calificados de sus “precursores”. Pero el momento decisivo de su vida poética fue un viaje al sur. Durante dos años vivió en Chile (Santiago, Valparaíso) y allí descubrió a un grupo de jóvenes poetas que estaban íntimamente familiarizados con la última escuela parisina, el Simbolismo. También leyó entonces a dos autores norteamericanos que los franceses habían adoptado y exaltado: Poe y Walt Whitman. Estimulado por el ambiente y las lecturas deslumbrantes, Darío se puso al día y produjo su primera obra revolucionaria, “Azul…” en 1.888. Era un pequeño volumen de prosa y poesía en el que el joven escritor mezclaba en una curiosa y única armonía todas las voces que había absorbido. Era romántico y parnasiano, clásico y simbolista. Pero ya su extraordinario dominio de los metros y su oído privilegiado eran evidentes. También era evidente un refinado toque de ironía que no solía darse en la poesía hispánica antes de él. El libro captó la imaginación no sólo de los jóvenes poetas hispanoamericanos sino también de los más agudos críticos españoles. Aunque deploraron éstos la excesiva influencia francesa, y lo que uno de ellos, Juan Valera autor de “Pepita Jiménez”, calificó de su galicismo mental, saludaron en Rubén Darío a un nuevo gran poeta.

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De Chile el autor saltó a Buenos Aires, que era ya entonces la mayor ciudad de habla española. Allí completó su campaña poética y produjo dos libros que habrían de consolidar su fama. Ambos aparecieron en 1.896: uno es una colección de ensayos críticos, reunida bajo el título de “Los raros”, en el que Darío presentaba al público hispánico la obra de criaturas tan exóticas entonces como Martí y Lautréamont, Edgar Allan Poe y Verlaine, Walt Whitman y Villiers de l,Isle Adam, Ibsen y Max Nordau, el inventor de una frase que Hitler haría luego suya: “el arte degenerado”. Esos eran sus autores o, por lo menos, el tipo de autores sobre los que Darío gustaba entonces escribir, aunque no compartiera en algunos casos sus peregrinas teorías. La lista incluye la necesaria cuota de genios desconocidos en la época, poetas polémicos y ultradecadentes para satisfacer las exigencias del refinamiento. Se podría decir que el Modernismo que hoy conocemos, es decir el movimiento internacional, cosmopolita, de vasta irradiación de lectura, fue creado por Darío en Buenos Aires, indiscutible metrópoli hispánica de su tiempo (Madrid y Barcelona eran más provincianas entonces que la capital argentina) y que los influyentes periódicos porteños realizaron el milagro de imponer el nombre de Rubén Darío y del Modernismo, como no lo habían conseguido periódicos de menor difusión en el resto de la América hispánica.

El otro libro era más personal. Titulado paradójicamente “Prosas profanas”, se trataba de un libro de versos, ya que Darío jugaba con el sentido medieval de la palabra prosa: un himno religioso. El prefacio era rabiosamente modernista. Darío defendía allí una poesía inútil, refinada, exótica, preciosista, una poesía de evasión de la cruda realidad latinoamericana, una poesía suya, de él, donde la redundancia era voluntaria, para desanimar a imitadores que no se desanimaron. Con su segundo volumen importante de versos revolucionarios, “Cantos de vida y esperanza”, publicado en 1.905, Rubén Darío consolida su preeminencia en el mundo literario hispánico. Fue publicado en Madrid, marcando así la culminación de su trayectoria internacional. Poco antes, una edición parisina de “Prosas profanas” de 1.901, habría de marcar la transición hacia la fama europea. Pero fue con “Cantos de vida y esperanza” cuando Rubén Darío alcanza el punto culminante de su carrera poética.

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