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Nada más que libros – Manuel Vázquez Montalbán – Los mares del Sur

8 abril, 2021 - Literatura
Nada más que libros – Manuel Vázquez Montalbán – Los mares del Sur

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“Las aristas de hormigón cortante dolían en los ojos y no compensaban el intento de humanización de las mujeres vestidas con batas de nailon acolchadas, ni el sordo rumor de humanidad que salía de cada nicho, un rumor que olía a sofrito y a humedad guardada en armarios empotrados. Repartidores de butano, mujeres en seguimiento de una cotidiana senda de supermercados, pescaderías llenas de peces con ojos grises y tristes, Bar el Zamorano, El Cachelo, Tintorería Turolense, Ocasión; hay blancos murcianos, Libertad para Carrillo, Vosotros, fascistas, sois los terroristas, Clases particulares para niños atrasados, Parvulario Hamelín. Cada una de esta palabras era un milagro de supervivencia, como si fueran vegetación crecida del hormigón. Cada fachada era un rostro llena de cuadrados ojos despupilados condenados a ir oscureciendo sobre una lepra granulada”.

Fragmento de ‘Los mares del Sur’

 

 

 

Cartel-MVM-Mares del sur-CUADRO

Manuel Vázquez Montalbán nació en Barcelona el 27 de Julio de 1.939. Sus estudios los realizó en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde obtuvo el título de Filosofía y Letras. Además cursó la carrera de periodismo en la Escuela de Periodismo de Barcelona. En el año 1.962 militó en el Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) e ingresó en prisión donde estuvo tres años recluido. Una vez cumplida su condena, comenzó a trabajar como periodista en la revista “Triunfo”. En 1.966 se casó con Anna Sallés Bonastre, con quién tuvo un hijo, que siguió los pasos de su padre como escritor y periodista, llamado Daniel Vázquez Sallés. Manuel Vázquez Montalbán era un hombre de una amplia cultura y en su obra figuran, aparte de su obra de ficción, sobre todo novela negra, ensayo y poesía. Manuel Vázquez Montalbán falleció en el aeropuerto de Bangkok, Tailandia, tras sufrir un fallo cardíaco, el 18 de Octubre de 2003.

El punto de arranque de “Los mares del Sur” lleva al lector a un terreno poco transitable, en doble sentido. Primeramente, sigue a una banda de jóvenes ladrones de automóviles, cuya fuga en un coche de ensueño, para escapar de la policía, acaba en unas obras en construcción abandonadas; a continuación acompaña las reflexiones de un detective privado en situación de desempleo que, huyendo de su propia desdicha, compra primero manjares exquisitos y, además y por si fuera poco, una perrita. Ambos episodios se suceden entre sí, sin relación alguna, a la manera de un montaje cinematográfico, narrado de forma distante y exenta de comentarios. El hecho de que el cadáver que encuentra uno de los muchachos en su intento de fuga al final de la primera escena, sea al mismo tiempo objeto del encargo que se prefigura al término de la segunda escena, es cosa que sólo se desprende de los capítulos siguientes. Sin embargo, en ese arranque de novela se despliega una serie de enlaces y vínculos que, comprensibles solo poco a poco en el curso de la lectura, estructuran y dan perspectiva implícitamente y al mismo tiempo, al acontecer narrativo. La total desorientación del intento de fuga por parte de la banda juvenil se corresponde con la del detective; el entorno de aquella es el de los desolados suburbios en los que Carvalho hallará respuesta al interrogatorio relativo al motivo de la desaparición de un conocido hombre de negocios, desaparición cuyo esclarecimiento le será encomendado. El cadáver de dicho hombre de negocios ha sido hallado justamente entre los escombros, allí donde una meditación del detective había asentado su actividad como en atención a la : “Los detectives privados somos tan útiles como los traperos. Rescatamos de la basura lo que aún no es basura. O lo que bien visto podría dejar de ser basura”.

La irónica observación que sigue: “nadie escuchaba el discurso”, es uno de los pocos pasajes en los que el narrador interviene explícitamente en el acontecer narrativo. Su comentario subraya la impresión, surgida de la concatenación fragmentaria de los sucesos, de los diálogos y de las diversas perspectivas personales, de un mundo vital que se niega a cualquier forma de comprensión. A esta misma luz aparecerá también precisamente el caso del que acabará encargándose Carvalho. Stuart Pedrell, hallado muerto, había desaparecido un año antes sin dejar huellas, sin que volviera a saberse de él hasta su muerte. La razón del encargo es el deseo de su viuda de controlarlo todo, y bien controlado, mediante la comprensión de los sucesos; controlar esta desaparición inexplicable más que conocer las circunstancias de la muerte. La desaparición se antoja amenazadora por cuanto irrumpe como una conducta desordenada en el mundo racionalmente ordenado de la vida de los negocios. El verdadero objetivo de las investigaciones de Carvalho se perfila así como el encargo de aclarar los motivos de comportamiento que ponen en tela de juicio precisamente ese orden del mundo vital que ya en los primeros capítulos se había presentado como quebradizo.

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Las pesquisas se realizan, en correspondencia con la estructura narrativa de la novela, comenzando por una serie de perspectivas personales y fragmentarias, en la que conocidos y familiares del muerto bosquejan ante el detective una imagen de la persona de Pedrell, y de sus motivaciones, imagen en la que se va dibujando poco a poco su personalidad escindida. Elevado socialmente y ascendido al poder y a la riqueza en la primera fase de prosperidad de la España de Franco, había intentado conservar un ideal estético-cultural como punto de referencia y utopía al mismo tiempo; una utopía que cristaliza en la imagen del Sur, de la figura de Gauguin y de su fuga a los . En una compleja alusión intertextual, Vázquez Montalbán agavilla la problemática interpretativa que resulta de esas informaciones para el detective Carvalho, mediante la interpretación de una serie de fragmentos de poesía pertenecientes al legado del difunto, de fragmentos que juegan en torno a la problemática del Sur y que son interpretados como un “ciclo de desencanto”, como perífrasis de la convicción de que . La ambigüedad de la interpretación literaria de la situación de los móviles de Pedrell, a un tiempo afirmada, pero negada también a través de una sólida auténtica literatura popular presentada en tono irónico, provoca después la convicción decisiva, adquirida intuitivamente por el detective, de interpretar desde una perspectiva social la utopía de los “mares del Sur”, esto es, como el intento de Pedrell de buscar su identidad en una situación social diametralmente opuesta a la existencia llevada por él hasta ahora, a saber, en aquel miserable barrio de nueva planta llamado San Magín, con cuya construcción, entre otras, había hecho él fortuna.

En las motivaciones de Pedrell, a las que Carvalho se acerca en un trabajo de análisis y de comprensión tan rico en quiebros, el detective reconoce al mismo tiempo experiencias propias, que en la segunda parte de la novela llevan a una compenetración cada vez más evidente con el comportamiento del muerto. En el intento de fuga de éste se condensa ese desencanto, tanto individual como social, cuya inclusión política en la transición del franquismo a la democracia en España, es apuntada sobre todo mediante repetidas alusiones a su discutida garantía de entre las clases sociales creada mediante los Pactos de la Moncloa, contra los que Pedrell se había pronunciado enérgicamente en su segunda existencia. Esta fracasada huida al mundo y al ambiente del barrio obrero se presenta como el intento ilusorio de negar ese proceso evolutivo de la sociedad de cuya prosperidad económica se había aprovechado durante tanto tiempo el propio Pedrell. En el curso de la creciente identificación con el muerto, Carvalho refleja en definitiva la pérdida de identidad de su propia existencia y el esclarecimiento del caso – que no destriparé por razones obvias – se convierte cada vez más en asunto privado del detective, y en que las personas que le hicieron el encargo apenas si tienen al final interés alguno. Los “mares del Sur”, el imaginario lugar de huida situado fuera de la sociedad y que Pedrell mismo había negado ya con su traslado y ubicación en San Magín, se convierten en el símbolo de la infranqueabilidad del statu quo social, de ese mundo de la democracia cuya característica dominante es al cabo una desorientación casi metafísica.

Esta radical desorientación había impreso ya su marchamo al comienzo de la novela y, al término de la misma, se apodera también de Carvalho. Si en las investigaciones realizadas por éste cobra perfil la convicción de que una identidad portadora de sentido sólo existe en el plano imaginario, fuera de la sociedad, el final es aprehendido también por la inconexión constitutiva del perfil de la figura del detective. En su casa, en lo alto de Vallvidrera, encuentra muerta a la perra que había comprado al comienzo de la historia, a la que evidentemente ha matado aquella banda de jóvenes navajeros que también tomó parte en la muerte de Pedrell. Si en el curso de sus pesquisas había desarrollado con respecto a dicha perra una relación afectiva, lo mismo que hacia el muerto, ahora, al final, se encuentra de nuevo reducido a sí mismo. Fracasado en su doble búsqueda de identidad, lo único que le queda, frente al mar de luces de la Barcelona nocturna, es el grito desesperado de ¡Hijos de puta, hijos de puta! y la satisfacción de su necesidades físicas más inmediatas, el hambre y la sed. Así, en esta imagen final se condensa una exposición muy compleja de la pérdida de identidad, con la que Vázquez Montalbán configura, literariamente y con expresivo énfasis, el mundo social que se había establecido en el país, aparentemente tan sin problemas, tras el fin de la dictadura.

 

 

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