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Nada más que libros – La Regenta

6 marzo, 2020 - Literatura
Nada más que libros – La Regenta

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“El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de lectura, era un caballero que había llevado granos a Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera. Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba “Le Figaro”, después “The Times”, que colocaba encima, se ponía las gafas con montura de oro y arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor de apoplejía, sobre “The Times”, se averiguó que no sabía inglés”.

 


 

“Don Leopoldo era muy pequeñito y delgado, casi óseo y todo nervios; una especie de avecilla, con apenas peso de matria. El cráneo, un tanto voluminoso, en relación con la parquedad del cuerpo. El pelo de cabeza y barba, maiceño…”Así describe Ramón Pérez de Ayala a su maestro y de hecho paisano Leopoldo Alas, “Clarín. Nacido en Zamora en 1.852, allí permanecerá muy poco tiempo, pues su padre, Gobernador Civil, es nombrado para el mismo cargo en varias provincias más, hasta que siete años después la familia se instala definitivamente en Oviedo. Clarín estudió la carrera de Derecho, obteniendo una cátedra primero en Zaragoza y luego en la capital asturiana, donde muere en 1.901. Clarín, en su tiempo, fue conocido no sólo como creador sino también como crítico, y tanto en una como en otra actividad mostró un espíritu hondamente religioso y una preocupación social y política aunque teñida de una progresista, buena e inteligente dosis de escepticismo. Si Leopoldo Alas “Clarín” es, fundamentalmente, el autor de la novela “La Regenta”, también, merece ocupar un puesto de privilegio entres los cuentistas españoles de todos los tiempos. Narraciones breves como “Cambio de luz”, de carácter religioso; “¡Adiós, Cordera!”, de ambiente campesino; “El torso”, de índole social y “Pipá”, con muy bien dibujados protagonistas infantiles, pueden ser testimonio de la larga nómina de sus títulos, todos ellos de calidad indiscutible y de una belleza y un valor testimonial reconocidos unánimemente por la crítica. También son magníficas sus novelas, de mayor o menor extensión como “Su único hijo”, en la que abundan los paralelos con “La Regenta”; “Avecilla”, desarrollada en un Madrid que recuerda al de Galdós; “Doña Berta”, su obra más querida y alguna otra.

Comentar el relato de los demás le llevó a escribirlos. “La Regenta” (1.884-1.885) es quizá la más grande novela española después del “Quijote” y, con diferencia, la mejor escrita y pensada de las muchas espléndidas que se publicaron en el decenio de los ochenta del siglo XIX. Se la relacionado con “Madame Bovary” de Flaubert (de la que hereda su amarga reflexión sobre el talante romántico y la idea de situar una escena capital en un teatro: allí en la representación de la “Luzia de Lammermoor” de Donizetti, aquí en la del “Tenorio” de Zorrilla); con “Pecado del abate Mouret” o “La conquista de Plassans” de Zola que seguramente algo le inspiraron a Clarín acerca de la sexualidad de los sacerdotes, y hasta con “El primo Basilio” de Eça de Queiroz, “Anna Karenina” de Tolstoi o “Fortunata y Jacinta” de Galdós.

Sin embargo fue la experiencia personal de Leopoldo Alas lo que transfiguró todo y dio sentido a la compleja novela de un crítico avezado que con ella quería, según le confesó a Galdós en una carta, satisfacer su gana de escribir y hacer disfrutar a cinco o seis amigos, entre los que destacaba a Pereda y al mismo Galdós. Esta escritura personal y a la vez dilatada, pues Clarín fue entregando la novela por capítulos sueltos a su editor, dan claves muy útiles para abordar el relato más calculado, consciente e intelectualmente refinado de su tiempo. En él, el escritor desmintió todo lo esperable en los personajes de un sólido drama de adulterio provinciano: Ana Ozores es la insatisfacción que no sabe su causa, pero también la ensoñación, la inteligencia natural y la rebeldía que siempre alguien ha reprimido en la huérfana de un descarriado liberal; Fermín de Pas no solamente es la ambición sin freno y el deseo sino aquel chiquillo al que su madre, Doña Paula, la antigua tabernera de mineros, ha convertido en la herramienta de sus resentimientos; Don Víctor Quintanar no sólo es el patético y trivial engañado, o el ridículo pretendiente de la criada, o el estúpido que es sorprendido por su mujer cuando ensaya versos de Calderón frente al espejo, sino el humanísimo anciano que ante su amigo Frígilis acepta su muerte y su error; la muerte y entierro del comerciante Santos Barinaga, arruinado por el Magistral Don Fermín y su madre, proporcionan a su figura una dimensión que sobrepasa el humorismo anticlerical; Visita es más que una amiga desleal de Ana, pues goza del adulterio como por delegación, y Petra es mucho más que una criada con iniciativas. Solamente Don Álvaro Mesía, el cacique liberal ya entrado en carnes, se limita a su vanidad de conquistador muy corrido y de jefe natural del casino vetustense. La Regenta no será vencida por su marido, ni por un destino romántico y fatal, sino por una sociedad que la envidia. Ana Ozores, como Emma Bovary, como su homónima rusa Anna Karenina, será castigada aunque sea el personaje positivo de la novela, la única heroína. Mujer religiosa, considera que su infidelidad solo puede justificarse si el amor de Mesía es tan verdadero como el suyo; él había jurado una eternidad de amores. Pero don Álvaro Mesía resulta ser un don Juan vil y grosero, necio y frío y a Ana Ozores no le queda ni siquiera el consuelo de haber amado a un hombre que lo mereciera.

“La Regenta” retrata un ambiente moral pretencioso y espeso, seudorromántico todavía, donde el tiempo atmosférico, los objetos y la topografía casi parecen palparse, pero ese realismo descriptivo es solamente el contraste con un mundo todavía más denso donde se libra la batalla de lo espiritual contra lo carnal: la imposible hermandad que Ana Ozores, la regenta, sueña mantener con el Magistral y la feria de intrigas que invita a la alcoba, presididas ambas por una catedral desde cuya torre vigilante empieza la novela y en cuyas sombrías naves acaba con el desmayo de la protagonista y el beso a traición del monaguillo.

“La Regenta”, es considerada es considerada por muchos como la mejor novela española – y una de las mejores europeas – del siglo XIX. En esta obra se funden, de mano maestra, dos temas ya habituales en la novela europea, el adulterio y los conflictos planteados por un cura en amoríos; aunque en “La Regenta” el personaje fundamental sea Ana Ozores, la mujer del ex regente de Vetusta (nombre literario que da el autor a la ciudad de Oviedo), con sus prejuicios, su tedio y su asfixiante atmósfera social. Novela psicológica, en el más estricto sentido del término, pero también de carácter social, “La Regenta” es causa de noble orgullo para la literatura, y una pieza maestra entre las novelas de todos los tiempos y latitudes. Así lo vio Galdós, cuando escribió el prologo a esta obra: “Los que leyeron “La Regenta” cuando se publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella conocimiento….”. “La Regenta” fue publicada en dos tomos entre 1.884 y 1.885 y fue acogida con tal escándalo en Oviedo que la publicación se hizo en Barcelona; a pesar de eso, el obispo de Oviedo publicó una pastoral contra Clarín. Hay en esta novela una galería de más de cien personajes secundarios, todos fascinantes y muy bien definidos y profundizados. También se caracteriza por el uso novedoso para el siglo XIX de la técnica del “flashback”, del estilo indirecto libre en el que los personajes narran su historia, lo que permite adentrarse en sus pensamientos, y del monólogo interiorizado.

 

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