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Nada más que libros – El relato policial – III

24 abril, 2020 - Literatura
Nada más que libros – El relato policial – III

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“Edgar Allan Poe sostenía que todo cuento debe escribirse para el último párrafo o acaso para la última línea; esta exigencia puede ser una exageración, pero es la exageración o simplificación de un hecho indudable. Quiere decir que un prefijado desenlace debe ordenar las vicisitudes de la fábula. Ya que el lector de nuestro tiempo es también un crítico, un hombre que conoce y prevé los artificios literarios, el cuento deberá constar de dos argumentos: uno falso, que vagamente se indica, y otro, el auténtico, que se mantendrá secreto hasta el fin”.

-Jorge Luis Borges-

 


 

Como hemos visto en el anterior programa, el relato de aventuras policíacas, ligado todavía a la novela popular, es la forma predominante del género policial hasta los años veinte, salvo en los casos ya reseñados de Freeman y Chesterton. Pero en esos años se produce un cambio radical en este tipo de relatos con la aparición de la “novela problema” o “novela enigma”, que cultivarán talentos literarios tan destacados como Agatha Christie y Ellery Queen. En esa época la novela policíaca se aburguesa: autores, personajes y lectores pertenecen cada vez más a esa clase social, y los delitos y sus móviles se amoldan a este nuevo público. Las literaturas anglosajonas, por otro lado, se apropian del género, destacando especialmente los autores norteamericanos.

En general, los escritores de este periodo, además de criticar las obras del pasado por sus imperfecciones formales, imponen reglas destinadas a potenciar el juego limpio (fair play) entre autor y lector, para que este último y el investigador cuenten con la misma información. El detective deducirá conclusiones lógicas e inevitables de las pistas que van apareciendo a lo largo del relato. El crimen será forzosamente un asesinato, y el criminal, una persona de clase social elevada, al igual que el resto de los sospechosos. Los móviles del asesino, siempre personales y racionales, excluirán a los profesionales del crimen, a los criados y a los propios detectives. La investigación policíaca se convierte, en virtud de estas normas, en el centro de gravedad de la historia. Se recomienda la unidad de la trama y la limitación del marco espacial. Temáticamente, los autores inciden en el problema del recinto cerrado o se decantan por el concepto del crimen perfecto. Junto a los detectives privados y a los simples aficionados, aparecen los policías profesionales, que actúan guiados por el principio de que “el criminal nunca gana”. Lo que más cambia en la tipología del detective es su aspecto físico. A finales de los años veinte, en conclusión, quedaron establecidos los límites dentro de los cuales deberían operar los escritores de historias detectivescas.

Las tiradas de literatura policíaca, en esta época, superaron ampliamente las de cualquier tipo de literatura popular. Y de esta popularidad gozó durante toda su vida la prolífica Agatha Christie (1.891-1,976), que sintetiza los rasgos paradigmáticos de la novela problema. La idea de escribir una novela policíaca se le ocurrió durante la 1ª Guerra Mundial cuando ejercía de enfermera voluntaria en un dispensario, en cuyo laboratorio había toda clase de venenos. Tal vez por ello, en su primera novela, “El misterioso caso de Styles” de 1.920, el propietario de un viejo caserón en Essex es envenenado con estricnina. Pese a que esta obra pasó prácticamente desapercibida, Agatha Christie alcanzaría pronto el éxito con “El asesinato de Rogelio Ackroyd” de 1.926, uno de los clásicos del género, gracias al original planteamiento de estar narrado por el asesino. El misterio es, naturalmente, desentrañado por Hércules Poirot, un orondo y minucioso detective belga que habla con marcado acento extranjero y que está dotado, según la autora, de miles de pequeñas células grises, verdaderos engranajes de su prodigiosa e infalible inteligencia. Poirot descubre en el lugar del crimen los indicios que pueden conducirle al culpable. El interrogatorio de los testigos y sospechosos completa su método para resolver el misterio.

A mediados de los años veinte, gran número de escritores norteamericanos se sentirían atraídos por la novela enigma, si bien alcanzarán resultados diferentes de los conseguidos por los ingleses, ya que el marco en el que se desarrollan sus historias es muy distinto: mientras que los novelistas británicos sientes predilección por las mansiones aristocráticas de su campiña y los personajes de clase social elevada, los norteamericanos van a preferir las bulliciosas ciudades, la diversidad racial y la dispar educación de las gentes. Frente al estatismo de la novela inglesa, la acción y el movimiento van a ser los ingredientes habituales de la americana. Curiosamente, el primero en romper el fuego no es un detective americano sino chino, el sargento de policía de Homolulú Charlie Chan, con “La casa sin llaves” de 1.925, debido a la pluma de Earl Derr Biggers, (1.884-1.933). El impacto popular de Charlie Chan se debió a un conjunto de circunstancias: sus originales métodos deductivos, su peculiar lenguaje y su agitada vida como padre de doce hijos. Un año más tarde aparece Philo Vance. Su autor, S.S. Van Dine, seudónimo del crítico de arte Willard Huntington Wright (1.888-1.939), lo ideó como a un verdadero superhombre: casi metro ochenta de estatura, extraordinario deportista, aristócrata, inmensamente rico, elegante y una verdadera enciclopedia de conocimientos. Este pedante esteta, que vive en las dos últimas plantas de un edificio de Nueva York, elabora sus teorías con manifiesto desprecio de las pruebas materiales, que sólo sirven para confirmar sus conclusiones. Al disociar el problema de la realidad, el relato entendido como un rompecabezas llega a su máxima expresión.

El éxito obtenido por estos maestros y la enorme demanda de este género provoca la aparición de colecciones y editores consagrados a la literatura criminal y, en consecuencia, la floración de una pléyade de novelistas policíacos procedentes, fundamentalmente, del periodismo. Este es el caso del humorista Anthony Berkeley Cox (1.893-1.970), que hacia 1.925 comenzó a escribir novelas policíacas. A esta inesperada afición debemos el infalible detective Roger Sheringham, que alcanza su mayor resonancia popular en 1.929 con “El caso de los bombones envenenados”. Berkeley Cox, que urde enigmas muy originales, parte del supuesto de Freeman según el cual, para planear un crimen, el asesino debe ser de una inteligencia superior, diestro en falsear las apariencias, y sus motivos simples y poco numerosos.

Francis Iles, seudónimo que empleó este autor, es considerado un renovador del género porque, aunque en su primera novela el detective acapara todo el protagonismo, este es desplazado en obras posteriores al asesino, y, finalmente, a la propia víctima, que lo es sólo porque “sospecha” que lo es. A Anthony Berkeley Cox debemos también la fundación en Londres del “Detection Club” en 1.928, asociación que promovió unas reglas generales sobre la novela policíaca….que sus miembros incumplían. Su primer presidente fue nada menos que Chesterton, y una de sus figuras más significativas fue su secretario, Dickson Carr. El escritor norteamericano John Dickson Carr (1.906-1.977), uno de los pocos que durante la revolución del “hard-boiled” permaneció fiel al enigma clásico de estirpe inglesa, se especializó, después de trasladarse a Inglaterra, en novelas problema centradas en crímenes cuyo escenario es una habitación cerrada (uno de los máximos desafíos de la novela de enigma), resueltos con lógica impecable. El propio autor ha teorizado sobre las posibles soluciones de este problema.

La novela criminal clásica alcanza su plenitud con la aparición en 1.929 de Ellery Queen, seudónimo de los primos hermanos Manfred B. Lee y Frederic Dannay, americanos como Dickson Carr. El seudónimo empleado por los autores es, al mismo tiempo, el nombre del investigador aficionado protagonista de la aventura. Con este artificio se eliminan las fronteras entre realidad y ficción, entre escritor y detective. Su personaje Ellery Queen, joven autor de novelas policíacas de cierta notoriedad, atlético e intelectual, vive con su padre, el inspector Richard Queen, al que ayuda en la resolución de los casos. Así, Ellery y Richard representan los dos aspectos básicos de la investigación: mientras el padre recoge indicios, el hijo los interpreta. En sus primeras novelas el autor introdujo el llamado “desafío al lector” al preguntarle, en un momento dado, si ya sabe quién es el asesino. Este desafío es el resultado de llevar el juego limpio a sus últimas consecuencias, ya que los autores alardean de haber proporcionado al lector todos los indicios y pistas que posee el detective para solucionar el enigma. La larga duración del personaje, más de cuarenta años, permite observar una evolución tanto en su carácter y personalidad como en el estilo de sus aventuras, que en los últimos años se decantará hacia el realismo crítico algo costumbrista.

Otros héroes populares que siguieron la estela de Ellery Queen fueron el abogado Perry Mason, creado por Erle Stanley Gardner (1.889-1.970), y el voluminoso Nero Wolfe de Rex Stout (1.886-1.975, el detective más gordo de la historia, con unos 140 kilos de peso, un verdadero gourmet que no sale apenas de casa, donde cultiva rarísimas orquídeas. La moda de la novela policíaca, que no había dejado de acrecentarse en Francia desde los tiempos de la 1ª Guerra Mundial, llegó en ese país a su máximo grado de expresión en los años treinta con Georges Simenon (1.903-1.986), fecundo autor que escribió más de cuatrocientas novelas, cerca de mil relatos y una quincena de libros autobiográficos y que permaneció al margen de tendencias y modas. Debe su enorme popularidad (se calcula que ha tenido más de cuatrocientos millones de lectores) a la creación del comisario Maigret. Este miembro de la policía judicial, seguro de si mismo, imperturbable y educado, con cierto aire de campesino, es un hombre de más de cuarenta años, extraordinariamente humano, que conserva la curiosidad por las personas y las cosas. La pipa, el abrigo o la gabardina y el sombrero forman parte de la indumentaria que lo ha hecho célebre. Maigret trata de empaparse de la atmósfera, del ambiente que rodea el crimen. Resolver el enigma consiste, de este modo, más que en la acumulación de indicios, en comprender la crisis psicológica que trastorna al asesino en el momento del crimen. Esta perspectiva permite a Simenon trazar una pintura de escenarios grises y mediocres (calles, tiendas, hoteles, cafés… por los que Maigret deambula) y personajes patéticos cuyo drama conmueve profundamente al lector.

 

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