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Nada más que libros – El hombre que quiso ser Rey (Rudyard Kipling)

14 enero, 2021 - Literatura
Nada más que libros – El hombre que quiso ser Rey (Rudyard Kipling)

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“Y cortan las cuerdas, y el viejo Dan cayó dando vueltas y más vueltas, más de diez mil kilómetros, porque tardó media hora en llegar al agua, y yo pude ver su cuerpo encima de una piedra y la corona de oro por allí cerca. ¿Sabe usted lo que le hicieron a Peachey? Lo crucificaron entre dos pinos, señor, como demuestran las manos de Peachey”.

El hombre que quiso ser Rey – (Rudyard Kipling)

 

 

CARTEL Ruduard Kipling-1

Rudyard Kipling nació en Bombay, India, el 30 de Diciembre de 1.865. Hijo de un oficial del ejército británico, pasaba la mayor parte del día con niñeras y sirvientas indias, escuchando historias que le contaban en su lengua materna. A los seis años fue enviado a estudiar a Inglaterra. En el año 1.882 regresó a la India y comenzó a trabajar para la “Civil and Military Gazette” de Lahore, en calidad de editor y escritor de relatos. Entre sus obras más populares figuran “La luz que se apaga”, “El libro de la selva”, “Capitanes intrépidos” y “Kim de la India”. En 1.907 le concedieron el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer escritor inglés en recibirlo y rechazó otros importantes premios y el título de sir Caballero de la Orden del Imperio Británico en tres ocasiones, posiblemente por su implicación con la masonería. Kipling murió el 18 de Enero de 1.936 en Londres y sus restos enterrados en la Abadía de Westminster.

Nos encontramos en la India colonizada por los ingleses, escenario habitual de la obra de Rudyard Kipling, en 1.880, Un periodista, el propio Kipling, en una noche de agobiante calor, recibe en la redacción de su periódico una extraña visita: dos ingleses, que cualquiera calificaría de pícaros, porque han servido a muchos amos y han sobrevivido gracias a su ingenio y sus pocos escrúpulos. Se llaman Danny Dravot y Peachey Carnehan. Estamos fuera del tiempo histórico, en un mundo en que las épocas se mezclan, tienen un pie en la era del telégrafo y el ferrocarril, y el otro en las antiguas leyendas de los tiempos más remotos. Es el tiempo no reglamentado de la aventura, del sueño, de las posibilidades abiertas. Danny y Peachey han sido soldados, chantajistas, predicadores, marineros, falsos corresponsales de prensa, maquinistas y otras cosas. Pero los reyes y los emperadores de verdad no son mejores, mandan a la guerra a los pueblos por sus caprichos o su interés. Danny y Peachey llevan a rajatabla su individualismo anárquico, su desprecio por las jerarquías establecidas. Estos pícaros llevan dentro de sí la chispa mágica de la ambición, de las aventuras desmesuradas; han decidido que la India no es demasiado grande para ellos. Tiene un sueño y, cueste lo que cueste, van a realizarlo. Le dicen al periodista, o sea al mismo Kipling, que lo que quieren es ser reyes. Quieren ir siempre más allá, no tienen miedo a lo que todos juzgan imposible. Tienen que atravesar todo Afganistán, una tierra repleta de montañas y glaciares inhóspitos que jamás ha pisado ningún inglés. Sin embargo, los protagonistas son locos pero no tontos, pues ponen los medios para hacer realidad su sueño. Ante todo, firman, con Kipling como testigo, un contrato en el que, entre otras obligaciones, prescindirán temporalmente de lo que más alegra sus vidas, hasta lograr su objetivo: renunciaran a la bebida, así como a cualquier mujer, ya sea esta negra, blanca o mulata, para no tener ningún problema. Al fondo de todas estas aventuras está, siempre, un dogma fundamental: el compañerismo, la amistad desinteresada, ya que si uno de nosotros tiene dificultades, el otro estará siempre a su lado. Sentadas así las bases, ya sólo queda realizar su sueño. En la cochambrosa redacción del periódico, mientras tanto, Kipling se pregunta si los reyes de verdad merecen ser más que ellos.

Rudyard-kipling

Rudyard Kipling

Pasan los meses y, una noche, el periodista recibe la visita de un mendigo, atrozmente desfigurado: es Peachey Carnehan, que vuelve solo a contar su historia. Antes de nada, le confirma que cumplieron su objetivo: “he vuelto, dijo, y he sido rey de Kafiristán , junto con Dravot. ¡A los dos nos coronaron reyes! Aquí, en esta oficina, lo preparamos todo”. Así, sin más, con el laconismo del héroe que no da demasiada importancia a lo que ha hecho, Peachey le cuenta a Kipling, y a nosotros, sus hazañas. Como ya son historia inmutable, habla de sí mismo en tercera persona. Sus aventuras tienen la dosis de humor y locura que las hacen realmente heroicas. Danny y Peachey van cumpliendo sus planes: se disfrazan, viajan, pelean, ayudan a una tribu contra otra, se convierten en reyezuelos, organizan ejércitos, enseñan a arar, dictan justicia, se convierten en Reyes y, luego, en Emperadores de Kafiristán. Una feliz coincidencia ha hecho que los tomen por dioses, herederos de Alejandro Magno. La aventura ha tomado ya un nivel simbólico. Los dos amigos inventan el mundo, rehacen la historia, descubren otra vez la escritura, encuentran tesoros… Todo lo han conseguido, su sueño se ha hecho realidad. Pero no son dioses sino hombres: una vez cumplida su tarea Danny quiere una esposa, que le dé compañía y calor en el invierno y descendencia para trascender su linaje, que él ya cree legitimo. Lo malo es que los indígenas saben bien que las hijas de los hombres no deben casarse con dioses ni con demonios. La escogida, una joven bellísima, se acerca para besarle y, en vez de eso le muerde. Al ver su sangre, todos comprenden el engaño y quieren venganza. Danny es un hombre pero reacciona como un héroe, diciendo “quizá a vosotros no os maten. Me enfrentaré yo solo a ellos. Yo soy el responsable. ¡Yo el Rey!”. Poco antes de morir, rodeado de cientos de enemigos, todavía fanfarronea: “Hasta ahora no ha estado mal. ¿Qué viene ahora?. A Danny lo llevan a un puente de cuerdas, uno de los que él les enseñó a construir, sobre un inmenso barranco. Afronta su destino con grandeza heroica: avanza sobre el puente, que se bambolea sobre el precipicio, cantando una vieja canción. Y, cuando llega al centro del puente, los increpa: “cortad ya, desgraciados”. Todo el desenlace tiene la grandeza permanente de los mitos.

Entonces el mendigo le cuenta a Kipling lo que le pasó a él: “¿sabe usted lo que le hicieron a Peachey? Lo crucificaron entre dos pinos, señor, como demuestran las manos de Peachey”. le enseña sus manos a Kipling para que compruebe que es verdad, que lo crucificaron, igual que a Jesucristo, el dios hecho hombre. Queda sólo un mendigo torturado y una calavera con una corona de oro. Como en “El Quijote” la grandeza está en el empeño, no en el resultado. Queda también una canción alegre, con la alegría que sólo se respira cuando la vida se pone, libremente al servicio de un sueño: “ El Hijo del Hombre se marcha a la guerra, para ganar una corona de oro. Su roja bandera a lo lejos ondea: ¿Quiénes irán con él?.

Peachey y Danny, esos dos simpáticos sinvergüenzas, nos enseñan que un hombre, cualquier hombre, puede ser rey, emperador, casi dios… Basta con que quiera de verdad serlo. Pero sólo es hombre auténtico si sabe aceptar el éxito o el fracaso con igual despego. En la maravillosa película que hizo John Huston sobre este relato, añadió, entre otras, una preciosa escena. En su viaje hacia Kafiristán, Danny y Peachey pasan una de las montañas del Himalaya y sufren una terrible ventisca. Sólo un pequeño reborde les salva de ser arrastrados al abismo por el alud de nieve. Con la seguridad de que van a morir, repasan toda su vida y concluyen: “No estuvo mal, después de todo…” No, no estuvo mal, de ningún modo, como no debe estarlo la vida de ningún hombre. Han vivido algo que valía la pena: se han reído, han conocido mujeres, han tenido buenos amigos, han luchado por realizar su sueño y han hecho lo que han querido y podido, ¿Qué más se puede pedir?. Quizá Danny no murió, al caer, sino que estuvo escondido, entre los matorrales, junto al rio; por la noche se escurrió entre sus enemigos y ahora está buscando a su amigo Peachey, que vagabundea por los mercados de cualquier pueblucho. Cuando lo encuentre, seguro que beberán juntos, cantarán una alegre canción y emprenderán una nueva aventura. Y nosotros, a su lado, seguiremos soñando, siempre, con el imperio de Kafiristán.

El_hombre_que_pudo_reinar (John Huston-1975)

El hombre que pudo reinar (John Huston-1975)

Como hemos comentado, en 1.975, uno de los más grandes directores de cine, John Huston, llevó a la pantalla el relato de Kipling. Una vez más, nos emocionamos, nos conmovimos, sonreímos y reímos varias veces y quizá lloramos; al fin: ¿qué más se le puede pedir a una historia?.

 

 

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