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Nada más que libros – Benito Pérez Galdós

15 noviembre, 2019 - Literatura
Nada más que libros – Benito Pérez Galdós

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“Al pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó: una mujer bonita, joven, alta….Parecía estar en acecho, movida de una curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural”.

 

BENITO PÉREZ GALDÓS

 


 

 

Con Benito Pérez Galdós, la novela española alcanza sus más altas cotas. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1.843, llega a Madrid en 1.862, con apenas 19 años, para estudiar Derecho, carrera que nunca acabará, y los escarceos literarios hasta entonces realizados pronto se convierten en práctica definitiva. Su primera vocación no fue, sin embargo, la novela, ya que el joven Galdós deseaba triunfar como dramaturgo y al teatro dedicó sus primeros esfuerzos, pero pronto esta labor – y también la periodística – dio paso a la de la narrativa. La fecundidad galdosiana será una constante a partir de su primera obra – “La sombra”, novela corta de género fantástico – y su triunfo como novelista correrá paralelo, a partir de entonces, con una vida dedicada al trabajo, con sus paseos por “su” Madrid, las estancias en el santanderino Sardinero, los viajes a distintos países europeos y una serie de amores y amoríos de muy dispar carácter.

 

Benito Pérez Galdós, que también ejerció de crítico literario, nos ofrece sus opiniones sobre el género narrativo, aunque bien es verdad que sus ideas están muy lejos de conformar una teoría de la novela. Defensor del realismo Galdós ni pregona ni practica la mera reproducción inmediata del mundo observado, y su universo está siempre elevado a una muy alta categoría estética en la riqueza de caracteres y el poder imaginativo quedan muy distantes del puro y escueto descriptivismo. Balzac y Dickens son los admirados ejemplos de Galdós, pero como Dickens o Balzac, don Benito hace de la observación no un fin en si mismo sino el medio para crear la obra de arte. Dos constantes, que responden a dos preocupaciones personales: la cuestión social y la religiosa. Galdós fue un hombre comprometido y progresista, abierto y liberal, y muy crítico con la intolerancia y el oscurantismo de un amplio sector de los españoles de su tiempo. Pero no confundamos las cosas, como con frecuencia se han hecho al comentar las ideas galdosianas, y convengamos en que su espiritualismo es algo evidente en su producción como patente está en toda ella su conocimiento de las Sagradas Escrituras y su admiración por la figura de Cristo. La primera obra importante de Galdós es “La fontana de oro” de 1.870, interpretación, ya que no sólo reconstrucción, de un pasado que tendrá en las cinco series de los “Episodios nacionales” su mejor y más coherente testimonio. Los Episodios, herederos de la novela histórica romántica y de la práctica costumbrista del primer tercio del siglo XIX, pretenden, como algunos críticos han señalado, analizar e interpretar el inmediato pasado con el fin de explicar la situación presente y evitar la repetición de los mismos errores en el inmediato futuro, propósito quizá ingenuo pero en todo caso lastrado de muy noble trasfondo patriótico. La novela y la historia van unidas en los Episodios nacionales formando un mural impresionante nacido de la exploración sistemática del siglo XIX español desde Trafalgar hasta Cánovas.

 

 

 

En la década de 1.870 a 1.880, publica Galdós las novelas de su primera época, con unas características comunes y todas ellas centradas en la religión: la intolerancia y el fanatismo frente a la tolerancia y la libertad religiosa; el oscurantismo de una sociedad cerrada y beligerante frente al progreso de otra que aspira a ser más abierta y liberal; las pequeñas ciudades de eufónicos nombres como escenarios novelescos y la sordidez e intransigencia flotando en sus ambientes, y en fin el desenlace trágico en el que los mejores sucumben ante los prejuicios y la puesta en práctica de una estrecha concepción religiosa. “Gloria”, “La familia de León Roch” y “Doña Perfecta” componen este grupo de novelas que tal vez se resientan todas ellas de los mismos defectos: tesis excesivamente explícita, partidismo evidente, largo discurso, morosas descripciones, etcétera. Esto no debe hacernos olvidar, claro es, la calidad de unas obras escritas por un hombre sinceramente preocupado por la religión y con un concepto espiritualista de la vida, aunque alejado de los ortodoxos puntos de vista católicos de su tiempo.

 

Con “La desheredada” publicada en 1.881 (atrás quedó ya la novela preferida por el autor: “Marianela”), comienza la segunda manera de hacer galdosiana, considerada como la más naturalista de su producción, aunque la puesta en práctica de sus principios estéticos aparezca ampliamente compensada por otros elementos que serán consustanciales en su obra: el humor, la ternura y, sobre todo, una concepción de la novela que difiere no poco de la estricta reproducción de la vulgaridad de la vida. El anhelo reformista sigue en pie, pero el subjetivo alegato de las novelas anteriores da paso a la presentación de unos cuadros más equilibrados, de mayor calidad artística y de más amplia efectividad política y social. El espiritualismo mencionado se hace patente en la mayor parte de estas novelas, en las que el autor se olvida de las pequeñas y asfixiantes ciudades del ciclo anterior para mover a sus personajes por un Madrid que acaba convirtiéndose en el protagonista colectivo de su obra: “Miau”, “Misericordia”, “Fortunata y Jacinta”, “La de Bringas”, “Tormento”, la serie de “Torquemada”, “El amigo Manso” y otros muchos títulos que hicieron buena la frase tópica “Y después de Cervantes, Galdós”.

 

 

 

Y es que don Benito Pérez Galdós transformó el panorama novelesco español de la época apartándose de la corriente romanticista en pos del naturalismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica. Max Aub dejó dicho que Galdós asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado. De ahí que desde Lope ningún escritor fue tan popular, ninguno tan universal desde Cervantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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