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Caminar, mirar, contar – Mosaicos en Salvatierra de Escá

27 octubre, 2022 - Radio reportajes
Caminar, mirar, contar – Mosaicos en Salvatierra de Escá

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Media el mes de agosto. He quedado para ver empedrados en Salvatierra de Escá, que está en la provincia de Zaragoza pero se mete en forma de cuña entre Navarra y Huesca. En los mapas de papel parece que el territorio presiona a tornillo hacia sus lindes; en altura, imaginas una escultura labrada con cincel y martillo; cuando lo pisas, resulta ser un lugar perdido entre montañas y ríos.


cartel-CMC-Salvatierra-cuadro

Chusa, Sira y José Miguel, que hoy no va a poder estar estar, han hecho una labor de desbroce en su pueblo y han dado con multitud de vecinos en cuyas casas, eras y patios hay pavimentos de canto rodado. Los visitaremos a destajo porque mis anfitriones tienen una comida en Artieda; creo que son fiestas y quieren visitar el mosaico romano que acaba de aparecer en el Forau de la Tuta, así dicen los entendidos que se llama o se llamaba una, hasta hace poco, desconocida ciudad romana en la que habita un mosaico blanco y negro precioso.
Salgo pronto de Zaragoza porque llegar a Salvatierra está un poquito complicado. Hoy no importan las coordenadas, me he sentado y he estudiado bien la ruta. En un principio, había pensado subir por Sos del Rey Católico adentrándome en la sierra de Santo Domingo, pero al final decido ir por Huesca- Monrepós-Jaca y aventurarme después por las obras de la N-240 en dirección Pamplona. La realidad es que desde Jaca transito por una especie de selva, con tramos de la nueva autovía que cohabitan con los restos de la antigua carretera y a lo que se añade cortes, semáforos, atascos, desvíos, señales, conos de colores y guardia civil. Me estreso un poco porque no quiero llegar tarde.
Hace mucho calor esta mañana. Durante el viaje, mi cabeza va centrada en la geografía hídrica: solo puedo pensar en el río al que iremos Chip y yo después de la visita contrarreloj de pavimentos, que se desarrollará a modo de carrera, no de obstáculos sino de sorpresas.
Logro llegar a Salvatierra a la hora prevista (no sé cómo lo he hecho) y Chusa y Sira están donde hemos quedado. Las veo desde el coche, las dos con pantalones cortos y gorras. El sol abrasa a esta hora. Chusa se ha hecho dos trenzas y cuando la veo doy un salto de muchos lustros. Estoy con mi madre, concentradas las dos en el espejo. Su cabeza sobresale por encima de la mía mientras me hace una trenza con mucha paciencia y, supongo, mucho amor. Pasado el tiempo yo me haría dos y las uniría por encima del cuello. A veces, con una cinta entre los mechones. Peinado romano y suelo romano del Forau de la Tuta. Hay días en los que la distancia entre las emociones y la realidad se acerca de tal forma que los saltos en el tiempo resultan completamente naturales. Recuerdos pasados y recuerdos que serán futuros. Todos revueltos.
Nos damos una paliza de ver suelos. Visitamos unas quince casas. Voy fotografiando y grabando a toda velocidad y anotando en la cabeza pequeños detalles que transcribiré cuando me siente por la noche en el ordenador. Catalogación, lo llamamos, cuando los vecinos nos preguntan qué hacemos. Hay un poco de todo entre los empedrados de Salvatierra, que se distribuyen por comedores, zaguanes, eras, cocheras y habitaciones que han sufrido remodelaciones a lo largo del tiempo. Hay también, sobre todo, muchas historias y mucha amabilidad en los dueños moradores, conservadores o rompedores de los suelos. Voy contándome en el teléfono a mí misma el número de la calle, el nombre de los vecinos o de las casas y cómo reconocer el pavimento en las fotos. Casa Boticario, casa Teniente, casa Borro, casa Pelisoro y algunas más se suceden y se amalgaman en mi retina. Piedras guías, piedras rotas, piedras de canto, piedras planas, piedras negras o grises, piedras nuevas, viejas, piedras levantadas, piedras tubulares, grandes, pequeñas, medianas…
Un vecino llega corriendo cuando estamos terminando de ver el último zaguán. Dice que también tiene un suelo y no sabía nada de esto. Es primo lejano de Chusa, como casi todos en el pueblo. Habla mucho mientras nos conduce hasta su casa, hasta lo que debió ser la entrada, después corral y ahora un trastero en el que amontona herramientas, maquinaria y mobiliario. Tenemos que mover un armario ropero entre las tres, él está mayor y no puede ayudar, para reconocer y fotografiar el motivo decorativo central del suelo, bastante bien conservado, y que, cómo no, resulta que es otra Virgen del Pilar. Hemos visto cinco ya. Habrá que investigar esto, me cuento a mí misma en el móvil.
Por fin terminamos y nos tomamos una cerveza fría en un bar. Comento con Sira y Chusa que quiero volver por arriba, por una carretera de montaña que he visto en el mapa, ya que no me apetece la medio nacional medio autovía en obras tan caótica y fea y con tanto tráfico. Me miran y dicen “Vas a ir por la Matamachos sola?” .”Supongo que sí”, contesto, pensando que será esa porque es la única carretera que hay. “Ve despacio y ten mucho cuidado”. Me indican que tengo que pasar Burgui y un poco antes de llegar a Roncal tomar un desvío a la derecha. Imagino la carretera y me apetece todavía más. Camino de Roncal intento dejar el coche y bajar al Escá, pero no puedo. El perro quiere agua, y tira de la correa con tanta fuerza que casi me caigo. El río se oye y se siente por la garganta, pero está muy muy abajo, al fondo de la foz. Después, me pierdo, pero no me importa demasiado. Voy sin hora, sin destino definitivo y a Chip no le importan nada ni el tiempo ni el espacio, solo los cursos de agua y las piedras. Tenemos una relación funcional de lo más normal, eso creo yo, no nos exigimos nada raro y cada uno da cosas buenas al otro, aunque hay quien observa que nos comunicamos casi de forma telepática, y eso muy funcional, al uso, no parece.
Cuando por fin encuentro la ruta buena todo lo predicho se va cumpliendo, aunque del firme no sabía nada. En cuanto sales de la comunidad foral de Navarra y entras en la comunidad autónoma de Aragón la Matamachos se emborrona, se agujerea y se estrecha hasta más allá del peligro. Se pierden los límites de todo y parece que atraviesas un cañón salvaje y desierto, pero aparecen los carteles informativos, que suelen ser siempre demasiados, o inexistentes. Al límite con Aragón se superponen tres en menos de 5 m: comunidad autónoma de Aragón, provincia de Huesca y comarca de la Jacetania. Algunos lo llamarían interpretación del patrimonio. El firme se va volviendo más desastroso.
Dos motos una bici y cero coches en casi 20 km. Esto es un paraíso. Un gran barranco que es un valle, el de Gardalar, con dirección E-W, entre dos sierras, una al norte y otra al sur, Calveira y San Miguel. Chip no para de llorar, quiere bajar; cuando conduzco despacio intuye parada. Huele a pino y a otra cosa que no distingo; vamos a 25 de máxima y con las ventanillas abiertas: la densidad del mediodía inunda el espacio del coche. He puesto un cd de Radio Futura y el sonido se esparce por al aire de los valles y se mezcla con el olor de dentro del coche: sudor, satisfacción y pino. Intento parar pero es imposible hacerlo en este laberinto de carretera. No hay arcén, solo un socavón de medio metro a la derecha desde el que brotan árboles y bojes. Mi coche no cabe en ninguna de las estrechas praderitas que milagrosamente se van abriendo y continúo subiendo en total soledad, con un calor del demonio y el veneno de los Auserón subiéndome despacio por la piel.
Decido que mi primera parada sea Ansó. No puedo creer que después de los 20 km que me estoy metiendo se pueda llegar a un pueblo habitado. Voy pensando en lo que he visto en Salvatierra, y en que luego pararé en el río Aragón, pero decido que ya decidiré dónde después de comer. Se añade a la mezcla mental el recorrido que hice muy cerca de aquí con mi madre el último otoño de su vida. Radio Futura también me la trae en modo onda, le encantaba Veneno en la Piel. Mucho que sumar a lo que pretendía ser un viaje para catalogar empedrados.
Contracción es hoy mi mantra. Mientras atravieso el valle que se cierra al este y después el valle que se abre al oeste pienso en las madres cuando dan de mamar a sus lactante; cada succión del bebé supone una contracción que ayuda a cicatrizar el útero, una embestida milagrosa. Yo también siento hoy esas contracciones curativas. Estoy succionando el valle de Gardalar y se están cerrando mis heridas.
El daño desconecta, y luego contrae. Te aleja de todo. Este viaje me está haciendo conectar. Personas, música, naturaleza y perro hacen que me sienta incluida. No sé dónde, pero mientras atravieso el valle de Gardalar noto la vida del cosmos y cómo palpita, y que también estoy ahí en medio. No voy volando como las brujas, mi espíritu y mi cuerpo han aterrizado en algún momento del camino de Zaragoza a Jaca, de Jaca a Salvatierra, de Salvatierra a Roncal, o de Roncal a Ansó.
Sigo en modo conexión, a mi bola, sin acelerar ni frenar, por el no-firme, cuando aparece el Castillo de Acher tras una curva. Me vengo arriba. Me parece sin dudarlo la montaña más hermosa del Pirineo. El bosque de Oza se convierte en una pradera de altura que llega hasta las cumbres calcáreas que hoy se exponen desoladas al sol de agosto.
Por fin dejo el coche en el camping de Ansó; haré un intento de comer algo aunque se me ha hecho tarde. Hay una mesa vacía. Pregunto a una camarera con abdomen plano y desnudo y me dice que me siente, pero se olvida de mí y tengo que entrar a recordarle que sigo aquí. Me Comeré lo que sea, le digo a esta bella mujer de ombligo descubierto, y me sonríe, aunque la noto cansada. Creo que las mujeres no me atraen sexualmente, pero la miro cuando sale con tres platos entre las manos. Me la imagino bailando la danza del vientre con la vajilla volando por el aire. Un cocinero guapo también, canoso y con coleta, me saca enseguida una ensaladilla y un ragú, y me dice “Toma, hambrienta”, y yo me río. Hoy todo tiene luz, todo resulta amable. Yo también soy amable y sonrío. Y me empiezo a gustar otra vez.

Mientras como-meriendo voy pensando en los suelos que he visto en Salvatierra, en la belleza de los trazos, en las geometrías que reproducen sus formas centrales; voy reordenando en la cabeza las historias de cada uno de ellos y, cuando vuelvo a coger el coche, me parece que acabo de volver de un balneario. Hoy está siendo un día curativo, también de cura de humildad, me he ido iluminando tramo a tramo y he logrado entrar en contacto con mis tripas. Necesitaba componer mi espíritu, y noto que mi espíritu se está colmando.
Que aproveche, me dicen los últimos comensales cuando se levantan. Chip y yo nos repartimos el ragú y decidimos de común acuerdo acercarnos un momentito a San Pedro de Sires. Luego ya, si eso, buscaremos una poza vacía en el Aragón Subordán. Son las las 5 de la tarde aún y queda mucha luz por delante.

-Elena Parra –

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