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Caminar, mirar, contar – 6 – En un barco en el Rin

24 marzo, 2022 - Arte y paisaje sonoros, Literatura
Caminar, mirar, contar – 6 – En un barco en el Rin

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En un barco en el Rin


cartel CMC-Alemania-cuadro

El Rin es un río como el Ebro, pero a lo grande. Más ancho, más profundo y con mucha agua. Con más peces, más barcos y más historia en sus riberas fronterizas, frondas hermosas que ordenadas y salvajes de forma intermitente son como las frondas de todos los ríos. En este trozo del Rin hay restos de carreteras y búnqueres de la segunda gran guerra. Residuos del derrumbe que resisten entre matorrales y arbustos. Embarcaderos, puertos y negocios. Trenes. Iglesias. Andenes. Empresas. Viñedos. Castillos. Remolcadores y fundiciones. Gente amable que sonríe aunque haga frío. Pueblos en estado de perfección, no sé si de gracia, pero sí de perfección. Solo conozco este lugar del Rin que se pasea entre Suiza, Francia y Alemania y en donde las lindes no están claras para un forastero. Nunca sabes dónde estás. Es una raya confusa entre todos estos países, aunque parece que ellos, los países, lo tienen bastante claro.
Visitamos un pueblo que está entre todas estas fronteras pero que es Alemania aunque la Alsacia francesa, que es muy alemana, esté muy cerca. Breisach ha sido celta, romana, española, alemana y francesa. Queda a la derecha del Rin, y su catedral fue fundada hace diez siglos, o más. Vamos primero en coche y luego caminamos sobre una mota muy cuidada. Supongo que el Rin tendrá crecidas tan devastadoras como lo son todas pero ahora, sumergido en una niebla paralizante, parece muy calmado. Grande y tranquilo. El pueblo está vacío. Con varios grados centígrados más los bares, las tiendas y los mercadillos funcionarán como un hormiguero, pero hoy no. Subimos cuestas empedradas y miramos por miradores y balcones. El Rin se va quedando abajo, estropeado por la economía y la física. La catedral de hace diez siglos o más emerge sobre una colina con formas góticas pulidas en una piedra arenisca rosa que hoy parece negra por la humedad. Intentamos entrar, pero covid y misa son mala combinación, aquí en Alemania casi Alsacia y en todos los sitios. La puerta no está cerrada pero una feligresa nos impide el paso. La comprendo a través de sus gestos: no es necesario hablar esta compleja lengua de filósofos y místicos para entender que hay que esperar a que termine el oficio. Todo es un poco calvinista. Cristianos puros de espíritu que parece que van a tener poco sentido del humor pero que tienen bastante más que otros, cristianos o ateos. Mientras todo se va congelando en el exterior, desde el interior se escapan, potentes, las notas de un órgano, que se apagan cuando la puerta se vuelve a cerrar. Bach suena sobre la mota medieval de este lugar antiguo del Rin.
Estamos a 189 m de altitud sobre el nivel del mar, el idioma oficial es el alemán y Nuestras coordenadas son 48 grados, 01 minutos y 58 segundos de latitud, y 7 grados 34 minutos 58 segundos de longitud.

Breisach
Chip también se congela. No lleva ropa ni zapatos, y me preocupa que el equipo que forman su cuerpo y su pelaje no resulte hoy el más adecuado. Salta y está atento al paisaje, pero tiembla. Tiembla mucho y está mojado, como las piedras de la abadía. Húmedas por fuera, recogidas por dentro.
Rodeamos la iglesia y lo que los siglos han ido acumulando a su alrededor cuando suena tu móvil. Me dices que nos esperan: que tenemos que ir deprisa. La neblina átona invade el pueblo de la abadía, la abadía y todos los recodos y las frondas del río. A Chip y a nosotros. Las casas están forradas de humedad negra y participan de la visión organizada y algo rígida del espacio. Nadie por estas calles de cuento de hadas. Vamos andando muy rápido, casi corriendo. Se nos van a congelar los pulmones; los alveolos de fumador y de no fumador están a punto de colapsar. No sé adónde vamos porque no me dices mucho pero me dejo llevar.
Llegamos a la orilla del Rin y hay un barco anclado. Solo uno. Atravesamos la pasarela mientras dices cosas en alemán y entiendo que has reservado un crucero, un viajecito; que vamos tarde y han llamado urgiendo tu llegada. Nuestra llegada. La de Chip también.


Dentro del barco hay gente sentada en mesas alargadas y en mesas redondas. Nos miran atentos. Solo miran, no hablan. Uf, qué agobio. El pasillo entre las mesas está hecho de muy poco espacio y su atmosfera se vacía todavía más mientras lo atravesamos, casi no puedo respirar. Todos están expectantes. Nos esperan, llegamos tarde. La carrera y la emoción me han congelado el cuerpo y me han nublado el espíritu. Me siento tímida. Pienso en Chip, que nos ha mirado aceptando su destino en la borda. Yo también acepto el mío. Estamos iguales.
Atravesamos el barco de principio a fin porque hemos entrado por el culo y nuestra mesa está en proa: hay sitio para dos, un ramo de flores rojas, una calabaza con ojos y boca y tu nombre escrito en un cartel. Es la primera vez que leo tu apellido. Es la primera vez que sé sobre tu patronímico, que debe hablar, en germano, sobre tu origen. Quizá del lugar de donde procedes. Quizá también de adónde te diriges, aunque los nombres no son premociones y no dan ninguna información relevante, de interés objetivo. Muchos datos para una mente sencilla, aunque también muy pocos para una mente compleja.

     
Nos sentamos entre macetas de flores, calabazas y personas alemanas y pienso que quizá sea la primera vez que veo tu alma. Si la veo es porque tú la has soltado un rato, como si la hubieras sacado a pasear por estos recodos del río. Sale de ti con sonrisa pícara, me parece algo irónica y me desconcierta, pero brilla como el sol que se abre paso entre la niebla en las riberas del Rin. La vi, tu alma, aunque en bosquejo, y solo me atreví a mirarla de través, de medio lado, no pude mirarla de frente. Ahora, después de un tiempo, sé que vi algunas cosas, y sé que hay otras que no veré nunca.
El tiempo y la memoria son mentirosos. Me quedo con la calabaza entre tu sonrisa y el río mientras hablas con la señora de la mesa de al lado. Quizá creyó que éramos como la princesa prometida y que nos dirigíamos hacia nuestro castillo de la Selva Negra para casarnos. Brindó contigo, y conmigo. Y sonreía. El rato en el barco es un travelling que arranca en el pueblo, pasa por la mota, por el perro, la abadía, Bach, la orilla del río y llega hasta la señora alemana, que me pareció que me tomaba de la mano y me daba permiso para continuar. Después, se termina la toma y todo se vuelve más íntimo. Cuando quise volver ya no estaba disponible. Era territorio del sueño.
Tiempo y memoria, tiempo y percepción, tiempo y sueño. Tiempo y perro. Tiempo y calabaza. Tiempo y niebla de tiempo atmosférico.
El paisaje se va sucediendo entre las ventanas del barco-crucero. Parece que la conciencia fuera una película montada con recuerdos. Observo, pero sé que no existe eso de observar simplemente. Saber lo que pasó a la orilla del Rin, durante cuatro horas, a bordo de un barco-crucero supone entrar en una dimensión cuántica en la que multitud de cosas pequeñas se van entrelazando hasta el infinito.
La señora alemana se mueve a la vez que se mueve el barco; el movimiento afecta a la calabaza que pasa a tener forma de compuertas que se abren y se cierran tras las que aparece una esclusa de paredes agobiantes que termina en una perspectiva de aguja gótica. Chip ladra en la borda, y no sé qué pensar de este rato misterioso. Pero miro y observo porque quiero dejarme llevar como si fuera a estar siempre en este barco en el Rin, rehén en un agujero de paredes inmensas. Un largo plano secuencia que no sé dónde ha empezado, y tampoco sé dónde va a terminar.


Paseamos luego por las calles y las casas organizadas. La atmósfera blanca y plana aleja la sustancia, parece que nada tuviera identidad concreta. El agua condensada vive y se pega en el pelo y la piel y en las puntas caladas de las iglesias. Hay agua en los canales de las calles que corre limpia hacia un destino oculto.
Se oyen las campanas de muchos campanarios a la vez. Lejos y cerca. El sonido se confunde entre la niebla. Chip se asusta y tiene frío. Es hora de volver a casa y de tomar un vino caliente con mucha canela para entonar el cuerpo.

-Elena Parra-

 

Ambientación musical:

Sintonía de entrada: Joe Henry – Our Song

  1.  Xoel López – Patagonia
  2.  Xoel López – La espina de la flor en tu costado
  3.  Xoel López – Quemas

 

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