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Caminar, mirar, contar – 5 – (Vinaroz)

13 enero, 2022 - Literatura
Caminar, mirar, contar – 5 – (Vinaroz)

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Paseo 5, Destino Vinaroz y los crustáceos y las palmeras y la luna

 


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Partimos desde la estepa un día de preverano que tiene esa textura climática en la que el final de la primavera se superpone a un verano intenso y que tiene que ver tanto con la latitud como con el momento atmosférico concreto. Partimos con el ánimo elevado y (esto ya es muy íntimo) pocas expectativas. No hemos buscado demasiadas razones para emprender este viaje a un lugar deseado pero desconocido, lejano y próximo, y que se sitúa sorpresivamente en el epicentro de un día muy caluroso. Un viaje que no pretende ser una huida ni un encuentro. Solo un trayecto. Un movimiento más el continuo viaje que es la vida.

Es mitad de mayo. Para Zaragoza, según en qué ciclo, mucho calor. Para el Mediterráneo, según qué viento toque, frío. Partimos con la máxima de Marco Aurelio meciéndose entre nuestras neuronas: “Acepta lo que puedes controlar y deja ir todo lo demás”. No está en nuestro ánimo buscar ni encontrar, tan solo pasar.
Las coordenadas no nos importan hoy demasiado. Avanzamos despacio superponiendo el trotar del coche a un itinerario previsto que ha quedado marcado los últimos días aunque sin mucha precisión. Una raya roja sugerida con trazo grueso en un mapa que es de papel, nada más. El detalle concreto no cabe en esta ida o en esta ida y vuelta que tiene como premisa resultar libre más allá de esa raya roja, tanto en los hitos como en los tiempos. Estaremos atentos a las señales. Cuando griten, nos detendremos, cuando no, seguiremos.

Antes de salir hablamos lo justo: “Voy a llevarte por mis sitios -le digo-, me gustaría que los conocieras; pero pararemos cuando nos lo pida el cuerpo. Quizá en La Plana, que tantas aves han hecho suya, o en la garganta donde el río Bergantes discurre diferente cada día y donde se puede ver cómo los árboles se mecen entre los puentes. También podemos tocar las rocas y las ramas que las avenidas y el tiempo han depositado en la ribera. Pararemos cuando queramos. Cuando quieras. Todo el rato, incluso. No tenemos prisa. Podemos estar todo el día llegando”.

Un viaje corto (te) transforma tanto como un viaje largo. Siempre. Cuando partes eres uno y cuando vuelves, otro. El viaje supone desplazamiento; es el tránsito de un lugar a otro y también de un estado a otro diferente. Supone contacto, apertura, conocimiento de ese emocionante y personal. Y aunque el movimiento pueda suponer tanto, o tan poco, las variables del cerebro y del alma se han de poner en marcha y aliarse contigo a la vez que consigo mismas. Y con el de al lado, si es que hay alguien allí. NO quiero pensar ahora con más profundidad en este concepto de moverse.

Vamos mirando por la ventana. Bajamos la música cuando está muy alta porque el niño duerme. Solo nos detenemos cuando se despierta, que es cada poco. Chip está contento y en cada parada salta sobre sus cuartos traseros como si fuera una liebre. Su fisonomía cambia cuando está en un exterior. De aovillado torna casi en gacela.

Hemos elegido el camino largo, el que en el mapa da más vueltas y gira y tiene múltiples intersecciones y caminos secundarios. Es el camino que siempre he sentido como atajo, pero no como un atajo al uso, porque no es de los que hacen que llegues más rápido. Este de hoy es un rodeo largo y meditado. Es recorrer sin prisa. dejar que las sorpresas salgan al paso fugaces y a veces aventureras, una curva, un matorral, una roca suspendida, un conejo o un zorro que se cruzan, la luz que pide paso entre las nubes, un paisaje bajo que se convierte en la línea horizonte. Es fluir con lo que ves en modo lento, como abrir una contraventana para observar lo que hay y luego abrir otra y seguir observando. No hay que por qué elegir, y hoy no tenemos prisa ninguna.

He recorrido la línea roja de este mapa muchas veces, y nunca es la misma. La memoria ofrece muchas menos garantías que la realidad, y ésta, en cada viaje se renueva y se vuelve otra, tan igual pero tan diferente. Será lo nuevo que te viste o lo viejo que no termina de dejarte del todo. Será el olor del pino o de la lavanda o del tomillo en primavera; serán los sonidos del viento que ruge algunas veces y otras no. Será el camino hecho con calor o con frío; será lo que crees cotidiano que en cada ocasión cambia y se vuelve otro. Seremos nosotros, que somos diferentes a cómo éramos cuando hicimos este viaje.

Hoy no pretendemos cambiar, ni ser otros. Ni soñar, ni huir, ni desaparecer. Solo atravesar un desierto, luego, una Toscana y llegar hasta la región de Campania, porque un Nápoles ibérico es nuestro destino. Ese lugar donde los cítricos huelen mucho por la noche y algún bicho marino tipo crustáceo es el protagonista del mercado de proximidad: un lugar ecológico a la vez que vacío de vivencias. Este es un destino que ha de llegar sin prisa, tenemos que descubrirlo poco a poco.

Paramos en el lugar del Bergantes, el top ten del imaginario paradisiaco. Lugar de agua y brisa y azudes y recodos. Paramos y nos bañamos en el Bergantes. Nos vamos quitando la ropa y sembramos el cauce de zapatos, pantalones y camisetas. No hay nada más que río. Nadie más que nuestras risas. Este lugar estaba previsto en la raya roja del mapa rodeado de un gran círculo. Era una señal en el mapa de papel de horarios inexistentes.

Caminamos entre los cantos rodados del Bergantes. El perro bucea y saca una piedra detrás de otra ajeno a nosotros, ajeno a todo lo que le rodea. Trepamos entre ramas y rocas que han dejado aquí las riadas y el tiempo. Investigamos entre las ruinas de un molino que fue fábrica textil y de un monasterio. Ahora son piedras abandonadas. En la fábrica encontramos libros de cuentas, restos de tejidos y maquinaria y nos hacemos anillos con unas roscas de tornillos de hierro. Anillos que suponen un compromiso firme con este lugar.

Luego, seguimos camino.

La música suena ahora fuerte mientras bajamos puertos que parecen alpinos aunque sean casi mediterráneos. Las obras de mejora de las carretera nos obligan a gritar insultos al progreso este raro que arrasa la memoria. Maldecimos un rato. Todo es diferente, y nada es igual: lo siento, príncipe de Salina.

En ocho horas viajamos del norte al este y cuando llegamos, cansados, comprobamos que estas tierras se asemejan a otras, pero volcánicas y con crustáceos. Oh, igual hemos llegado a Sicilia solo pensándolo, y Salina y Battiato nos hablen de sus deseos más íntimos.

Una vez en Sicilia o en Campania, no sabemos bien qué es esto, los días pasan apacibles. Sin derroche ni tiempo marcado. Comemos, bebemos y leemos. Paseamos y comemos y bebemos otra vez. Por las noches el viento y el mar se confunden y se comportan como un líquido aéreo. Los colores viajan desde la retina hasta el cerebro y se quedan a vivir allí junto a ensoñaciones que vamos reubicando y colocando en lugar preferente según el momento. Vamos haciendo una mudanza mental que se acompasa con el ruido de las olas cuando rompen. Las síncopas sobran, no queremos romper la regularidad del ritmo. El frío y las palmeras se mezclan por las noches con una luna que cuando llegamos es creciente y después será bola roja y luego bola blanca. Viento todo el rato.

La cerámica brilla aquí de forma especial. Está hecha de azules vidriados con tonalidades infinitas. La luz concede un aura mística y lejana a los objetos a los veleros y a las personas y a los perros, a todo lo que tiene volumen: a las palmeras también. Las fotos en la playa parecen un cuadro de Sorolla. El mar es espejismo y los tiempos se han fundido en el único de ahora mismo. No hay pasado en estas tierras desubicadas.

La vuelta es otra. La heterotopía ha durado una semana y sí, se puede definir como “un error de lugar, además de como un error de tiempo”. Todo se ha desplazado. Volvemos por el mismo camino, pero no somos los mismos. Hacemos las mismas paradas, nos bañamos en el mismo río, dejamos la ropa sembrada sobre los mismos cantos rodados, reímos también, y también hace mucho calor. Chip sigue feliz en su continuo ritmo de regalarnos piedras. Una detrás de otra.
Es verdad eso de que el viaje te cambia. Solo quiso ser pasar; no pretendió ser huida, no pretendió ser encuentro, pero fue todo eso y más. Nuestro peso específico no es el mismo. Esos 21 gramos que dicen que pesa el alma nos pesan. Hemos dejado que pasara lo que tenía que pasar.
Viento y langostinos rojos de Vinaroz. Cerámica azul que brilla al sol. Palmeras, altas palmeras, que nos han hablado por las noches. Una luna que es un círculo mágico. Más viento. Encuentros que forman remolinos, remolinos que forman vórtices por los que te escurres hacia otras dimensiones. Pasó una vida y llegó otra, esa que elaboramos cuando nos damos tiempo. Esa de la que hablaba el príncipe de Salina: es necesario que todo cambie para que todo siga igual.
Solo pasó que no nos fuimos del mundo, sino que volvimos a él.

Texto y voz de Elena Parra

Ambientación musical:
INTRO – Joe Henry – Our Song
1 – Madrugada – Step Into This Room and Dance for Me
2 – Madrugada – Valley of Deception
3 – Madrugada – Honey Bee
4 – Madrugada – HalfLigh

 

 

Aquí puedes escuchar la edición en streaming de ‘Siéntelo con oído’

 

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