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Zaragoza te habla – Vamos al hipódromo

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Zaragoza te habla / temporada 2023-24/Programa 5/24-01-2024
“Vamos al hipódromo”

CARTEL ZTH -Hipódromo-CUADRO

Hola, qué tal.

Bienvenidos todas a este primer programa del año. Por cierto, si por fortuna nadie os lo ha dicho antes: ¡feliz año!, porque no querría que los más tradicionanistas esos a los que tanto les gusta la fruta me consideraran un “indeseable mal nacido” por no cumplir con este ritual inane de felicitar el año una vez al año porque gracias a dios una vez al año, no hace daño. Procedamos ahora a cumplir con este otro ritual mensual que nos lleva muy agradablemente al pasado de la ciudad de Zaragoza visto desde los ojos de nuestro presente, como no puede ser de otra forma, porque los paisanos del siglo XVIII no podían imaginarse lo que se avecinaba tiempo después, y los paisanos de la época bastante tenían con llegar a final de día, como para ponerse a elucubrar sobre la ciudad en la que vivían.
En este programa os propongo despegarnos unos centímetros del suelo y pasear a lomos de montura la ciudad cuando esta contó con un hipódromo en los primeros tiempos del pasado siglo XX. Vamos pues a ello, a trote ligero.
En 1909 fue constituida la elitista “sociedad sportiva La Hípica Aragonesa”, con un picadero al principio de la calle de Felipe Sanclemente, a pocos metros del paseo de la Independencia, para sus prácticas equinas. Además, por sus estrechos vínculos con la Zaragoza de bien y de orden, esta sociedad tenía mano más que suficiente para conseguir algo tan insólito como que se le permitiera usar la pista de ejercicios del cuartel de los Cazadores de Castillejos (cuartel del 18 de caballería de Torrero ubicado junto al Canal Imperial de Aragón) para organizar allí sus propios concursos hípicos. Esto tan insólito entonces no debía serlo.
El notable crecimiento en número de socios de esta sociedad le dio la posibilidad económica de mirar muy alto en sus expectativas, de forma que a comienzos de 1910 adquirió al rico propietario local Emilio Burbano una gran parcela de 23.000 metros cuadrados de terreno con entrada por la carretera de Madrid a Francia, donde en poco tiempo habilitaron un campo de concursos hípicos y una pista de entrenamiento y de juegos de “sport”. A la vez, el picadero de la calle de San Clemente tuvo que ser abandonado ya que la centralidad de su solar lo hizo más apetecible para otras funciones, y se vieron obligados a mudarse a una nueva ubicación. Adquirieron así un terrenito en el paseo de los Plátanos que acondicionaron para albergar un nuevo picadero donde poder impartir clases de equitación con matrícula abierta para verdaderos caballeros, señoritas de familia bien y niños mayores de diez años de familias también de bien. Allí también se admitían caballos “a pupilo”, donde previo pago se ocupaban de la estabulación, alimentación e higiene de cuadra de una caballería.
En el lejano terreno adquirido para ejercer funciones de hipódromo, comenzaron a organizar concursos hípicos con tan buena fortuna que, aparte de hacerlo en otras fechas señaladas, lograron incrustar esta actividad en el programa de las fiestas del Pilar de la segunda década del siglo (1910-1920) y asentarse como una atracción más para el público en esos señalados días del mes de octubre, si bien en este caso se trataba de un público notablemente “más selecto y distinguido” de la “buena sociedad” de la época, bien distinto a la calaña que atestaba otros festejos más populacheros. Su propio emplazamiento, a dos kilómetros de la ciudad y sin un medio de transporte público cercano, ya hacía que el público asistente tuviera que buscarse un medio de desplazamiento propio, bien en coche de caballos o en alguno de los escasos automóviles que comenzaban a proliferar en la ciudad. El precio de las localidades también suponía un filtro social para acceder a este recinto, desde los 50 céntimos de una entrada sin silla, pasando por las dos pesetas de la entrada con silla, a las diez pesetas de un palco de cinco plazas. Las pruebas allí realizadas contaban con el importante patrocinio de algunas no menos importantes empresas locales muy vinculadas con los socios, que de paso lograban así una vistosa y bien reputada publicidad añadida, e incluso con trofeos donados de forma muy generosa por la Casa real, o directamente por el propio soberano Alfonso XIII. Los participantes en estas pruebas generalmente eran quienes desde siempre habían practicado la equitación: militares profesionales que por su profesión tenían contacto directo con los caballos, y aristócratas o miembros de la nobleza porque esta práctica siempre ha estado vinculada a su estatus social. En ocasiones, la cuantía de los premios ofrecidos se aceraba a las 3.000 pesetas de la época, lo que atrajo a la ciudad incluso a los más destacados jinetes del momento en la península. Fue entonces cuando la junta directiva de esta sociedad hípica llegó a soñar con que Zaragoza pudiera convertirse en el campo de concursos más importante de España, que no hipódromo de carreras, porque para eso ya estaban los inalcanzables hipódromos de Madrid y de San Sebastián.
Este campo de concursos de Zaragoza siguió funcionando durante los primeros años veinte como uno de los espacios de reunión social más destacados y exclusivos de la casta dirigente de la ciudad, aunque poco a poco fue perdiendo fuelle ante nuevas costumbres y prácticas sociales igualmente exclusivas, pero que no requerían de la parafernalia y enorme coste que la equitación suponía. De esta forma y tiempo después, el terreno fue abandonado de estas prácticas, aunque el camino que desde la carretera de Madrid a él llevaba siguió conservando la denominación de “camino del hipódromo”. Este terreno hípico fue sustituido después por terreno de juego para la práctica del pujante balompié, y a mediados de los años cuarenta sobre buena parte de su perímetro se instaló la gran fábrica de transformación de caucho en productos industriales de Criado y Lorenzo.
Terminamos así este breve paseo a lomos de caballería por aquella ciudad de Zaragoza que durante un tiempo contó con hipódromo.
Un cordial saludo y no olvidéis calzaros adecuadamente para superar de forma exitosa la cuesta de este mes, seguramente tan empinada como la de todos los meses restantes. Hasta el próximo programa.

-José María Ballestín Miguel-