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Nada más que libros – El Quijote

10 enero, 2020 - Literatura
Nada más que libros – El Quijote

“Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llevaban el aire de suaves y belicosos acentos…….”

El Quijote. Capítulo 56. 1ª parte. (llegada a Barcelona).

 


 

En la obra cumbre de Cervantes el audaz y delicado manejo de la realidad y la fantasía, esa tensión tozuda, produce en el lector una percepción única. Y al fino contraste entre el mundo material y el del espíritu añade el autor un delicado toque de humor, entre serio y melancólico. Don Quijote es ingenioso y espiritual, Sancho materialista y práctico, y ambos están forzadamente resucitados en el antiguo y conocido esquema (al menos para el lector de entonces) de los libros de caballerías. De todo ello brota un efecto que va más allá de la caricatura porque un lector puede empezar admirando la comicidad, pero después descubre propósitos más enraizados en la esencia del hombre, expuestos con un tono entre imperativo y humilde que es lo que produce incredulidad, pero al mismo tiempo grandeza porque su postura, la del autor, no queda clara: ¿se burla Cervantes? nos preguntamos ¿de qué se burla?. Señala el novelista francés Flaubert que estamos ante “la perpetua fusión de la ilusión y la realidad, que hace de el Quijote un libro tan cómico como poético”.

Coinciden los comentarios de los entendidos en sospechar que el propio autor se vio desbordado por el héroe. Don Quijote no fue sino un sujeto de buen talento, extraviado ridículamente por la locura; lo más espiritual del personaje, las delicadas excelencias del alma, estaban en el libro, sí; pero su propio padre no acertó a verlas, y son sus lectores, a través de los siglos, los que han descubierto lo mejor del tesoro de esta gran novela. Don Quijote y Sancho encarnan dos modos de ser que resumen la actitud humana. Nos agradan porque son personajes muy concretos que viven los grandes problemas de la existencia, porque no pretenden presentar ni demostrar tesis alguna, y porque cada lector puede darle la interpretación que más se acomode a su espíritu y pensamiento. Sancho tiene naturalidad en el lenguaje; Don Quijote, refinamiento. Pero Cervantes no da la razón a ninguno. Después de enfrentamientos, dudas y una larga convivencia terminan Sancho y don Quijote adaptándose el uno al otro en una ejemplar amistad. El interior de Sancho desea el poder y encierra, en su mundo de aparente insignificancia, una disposición tan complicada y sugestiva como la de su amo que lucha por ser recompensado por la gloria.

Para el poeta Luis Rosales “ don Quijote padeció humillaciones porque tenía que padecerlas. La humillación es el supuesto previo a su heroísmo. Lo que define a Don Quijote no son sus aventuras, sino el espíritu con que las afronta. La serie interminable de fracasos y humillaciones aumenta su talla heroica y humana”. Y para el historiador Américo Castro “Cervantes personalizó y universalizó genialmente el tema del vacío angustioso del vivir español”. La naturalidad y estilo llano de la novela junto a la enorme magnitud de su contenido y forma pueden transmitir la impresión de que el autor acertó por casualidad, que no tuvo conciencia de la importancia de lo que había escrito. Cuando con sesenta y ocho años redactó la segunda parte de la obra vivía Cervantes casi en la miseria. Había padecido desdichas de toda suerte en la guerra y en el cautiverio y su hogar no era un ejemplo de honorabilidad. Pone entonces un velo a su entorno y utiliza la burla de otras vidas, la de los lectores de los libros de caballerías cuyos textos ridiculiza, y plasma todo su ingenio de viejo, de buen humor y de ironía ante la vida.

 

Dio Cervantes forma a sus ideas con un estilo sencillo, directo y natural, tan envuelto en lo popular como en lo culto y al alcance de cualquier lector: “A la llana – como indica en el prólogo fingiendo que son consejos de un amigo – , con palabras significantes, honestas, y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzareis y fuera posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos ni oscurecerlos”. Pero al mismo tiempo tenía que sugerir la ambigüedad de la vida misma. Por eso se propone como única aparente finalidad el entretenimiento:”procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se vuelva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Y ahí dejó los problemas y las ideas universales como quién bromea aparentando que se trata sólo de una historia entretenida. Una serie de trabas procedentes de los manuales de retórica y poética, condicionaron al Cervantes autor de la primera parte. A la estética de los libros de caballerías, añadió, a modo de estandarte, la de otros géneros narrativos (novela sentimental, novela pastoril, etc.). Ese precepto literario que se impone condiciona al escritor y lo obliga a interrumpir su relato, a introducir varios planos narrativos, a dejar en suspense un desenlace para ocuparse de otro, a zigzaguear, en definitiva, en busca de ir encajando unas historias en otras que sirven de marco, organizándolas en cadena en un doble o triple plano narrativo para que las piezas encajen.

Plurales son los puntos de vista y multiforme y laberíntica la realidad de personajes prototípicos que desempeñan multitud de funciones. Luego va atando cabos sueltos para dar forma y conclusión a sus respectivas historias. Las ventas sirven de milagroso y recurrente lugar de encuentro, cruce de vidas distintas, reducido espacio para limar historias y hacer que convivan personajes de distintos orígenes y condiciones. Cuando Cervantes se desprende en la segunda parte de sus condicionantes y se deja llevar libremente por su impulso creador, su saber y dominio de la técnica narrativa se despliega y avanza con ritmo firme y sostenido, aunque no prescinda del todo, a pesar de lo que indica en el prólogo, de las historias extrañas a la principal. Tiene además el acierto de asentarse en su edición anterior, que saca del mundo de la ficción para convertirla en real, para dar por evidente la existencia de sus héroes. Algo parecido hace con la apócrifa versión de Avellaneda, hace así de la primera parte de su libro un elemento novelesco de la segunda parte, otra vez una novela dentro de la novela.

 

 

Cervantes, mientras resalta en la primera parte una gran riqueza imaginativa, en la segunda investiga más, a través de los extensos diálogos, el valor humano de sus protagonistas; en la 1ª parte don Quijote acopla la realidad a su imaginación, en la 2ª la ve como es (las ventas ya no son castillos). Serán ahora los otros personajes quienes falseen la realidad para amoldarla a la caballeresca imaginación del hidalgo. Goza también don Quijote en esta segunda mitad del libro de una consideración y estima desconocidas en la primera. Por todos estos rasgos y algunos más nadie termina el Quijote y sigue siendo el mismo hombre; nadie termina la última página sin comprender que su lectura ha servido de penitencia. El libro gustó desde su aparición. Tuvo un éxito inmediato, unánime, y ha sido objeto de admiración en todas las épocas. La evolución de las modas y los gustos literarios no le ha perjudicado. Supo Cervantes elevar a don Quijote a pedestal tan elevado que le concede el privilegio de anteceder el “don” a su nombre, que el propio Miguel de Cervantes no tenía, y dar al héroe una existencia independiente que le hace hoy ser más popular que su autor. “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” no ha dejado de publicarse nunca y se ha traducido a decenas de lenguas entre ellas el hebreo, el mongol y el esperanto. Maneja la extensa obra 607 personajes masculinos y 62 femeninos, de las más diversas procedencias y orígenes sociales, descritos y analizados con 9.350 palabras distintas utilizadas en sus diversas formas. Se puede decir que “el Quijote” inaugura la novela moderna por su poder de representación de la realidad, por su capacidad para registrar la amargura humana y la tristeza de las desilusiones, y por su empeño en hacer ínfima la vanidad y la falsa trascendencia mediante la parodia.

 

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