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Nada más que libros – Libros malditos

29 noviembre, 2019 - Literatura
Nada más que libros – Libros malditos

“El amor al saber de algunos ha estado ligado desde tiempos inmemoriales al afán de otros por destruir todo aquello que suponía un avance del pensamiento. No sólo el libro de forma aislada fue destruido; el hogar de este por excelencia, la biblioteca, a pesar de ser uno de los lugares más apasionantes y misteriosos que ha edificado el hombre, no ha corrido mejor suerte que los escritos que se ocupó de cobijar entre sus paredes, propensas a ser reducidas a escombros por las tristes acciones de la intolerancia del ser humano. Uno de los episodios más apasionantes y a la vez oscuros de la insigne obra de Miguel de Cervantes, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, trata de la purga de libros de la biblioteca de Alonso Quijano por sus allegados – el cura, el barbero, el ama y la sobrina -. Cervantes vivió una época en la que la noche solía iluminarse con la quema de libros y la Inquisición estaba al acecho en cada esquina, aunque el afán por quemar no sólo los libros sino bibliotecas enteras, data de los tiempos en que aparecieron las primeras de ellas. Así, la historia de la construcción de estos templos del saber aparece irremediablemente ligada a la historia de su destrucción”.

 


 

La existencia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla. La primera destrucción del edificio data del año 48 a.C. por las fuerzas del emperador romano Julio César. En el año 391 d.C. , los cristianos, comandados por Teófilo, arrasaron de nuevo la biblioteca. A la acción de los cristianos se debe también uno de los más tristemente célebres de ataque al conocimiento, relacionado con la biblioteca alejandrina: el asesinato de Hipatia, calificado por algunos historiadores como “la muerte del mundo clásico”. En el año 425 d.C., una muchedumbre de monjes cristianos enfurecidos, seguidores del obispo Cirilo de Alejandría, secuestraron a la hija del entonces bibliotecario, Teón, llamada Hipatia de gran belleza, según las crónicas, poseía una impresionante erudición. Dominó las matemáticas, la geometría y la astrología de su tiempo y escribió diferentes textos sobre estas materias. La turba de cristianos la secuestró y acabó con su vida de forma brutal, quemando finalmente sus restos. Con la muerte de Hipatia no sólo se asesinó a una mujer sino a todo lo que esta representaba: la sabiduría, la independencia respecto al hombre y la libertad que ofrece el conocimiento. Siglos después, la persecución, la tortura y el asesinato se convirtieron en hábitos bajo bajo la oscura sombra proyectada por la Inquisición, que encontró en aquella muchedumbre enviada por Cirilo el antecedente de su política destructiva.
Cuando los nazis, en 1.933, movilizados por Josef Goebbels, el implacable jefe de propaganda del Partido de Hitler, encendieron gigantescas hogueras por toda Alemania para quemar miles de libros – principalmente los textos sagrados del pueblo judío -, marcaron el preludio de una destrucción moderna que poco tenía que envidiar a las antiguas persecuciones y quemas de bibliotecas.

No fueron muchas, después de las alemanas, las piras que se levantaron para reducir a cenizas exclusivamente libros, pero las innumerables guerras que asolaron (y siguen asolando) el mundo dejaron no solo un número de muertos que daría vergüenza reseñar aquí, sino también millones de textos desaparecidos, a una escala mucho mayor que en siglos anteriores. Las dos guerras mundiales, la árabe-israelí, los conflictos que asolaron África o los más recientes de Yugoslavia, Irak o Afganistán, entre otros, acabaron con millones de textos y enormes bibliotecas que contenían siglos de la sabiduría del hombre.

Las dictaduras que se instalaron en Sudamérica con financiación estadounidense para alejar de aquellas tierras el espectro del comunismo no fueron más benévolas con los escritos de sus enemigos políticos. España, el país que persiguió con brazo de hierro la disidencia en tiempos de Felipe II, sufrió durante cuarenta años, con el general Francisco Franco, una persecución similar, en ocasiones incluso más cruenta, contra aquellos que se oponían al régimen que decía ostentar “la verdad más absoluta”. Las guerras y las dictaduras, no obstante, no son las únicas causantes de la destrucción y maldición de determinados escritos en nuestros aciagos tiempos. En plena era de la igualdad, la libertad y la justicia, se continúa prohibiendo y censurando libros, intentando condenarlos al olvido – lo que a veces, paradójicamente, los catapulta al éxito – y convirtiendo a sus autores en proscritos que deben esconderse para no ser asesinados. En el país que afirma velar constantemente por la democracia y los derechos humanos, los Estados Unidos de América, se llegó a prohibir en algunas escuelas estatales que la obra infantil “Harry Potter” fuera leído, acusado de “incitar a la brujería y a los malos pensamientos” a los pequeños.

Por suerte, ya no se encienden hogueras para quemar a los autores disidentes, aunque en nuestro civilizado Occidente siguen existiendo libros prohibidos y autores malditos. En ocasiones, la censura por parte de alguna institución no provoca sino el efecto contrario del deseado: el libro, maldito e incómodo, se convierte en un auténtico éxito de ventas; vean el caso de “El código Da Vinci”, best seller sobre el que arremeten constantemente la Santa Sede y el Opus Dei, no consiguiendo otra cosa que acrecentar su fama. Todavía hoy se condenan textos de forma abierta y se persigue a algunos autores al que no les queda más remedio que convertirse en prófugos, no ya solo de la justicia, sino, también, de la intolerancia. El integrismo islámico todavía tiene puesto precio a la cabeza de Salman Rushdie, quién desafiara – según los radicales – con su obra “Los Versos Satánicos” el status quo promulgado por “El Corán”, todo esto en pleno siglo XXI.

Hace unos años vimos cómo el chino Liu Xiaobo no pudo recibir el premio Nobel de la Paz correspondiente al año 2010 por la censura del estado supuestamente comunista de su país. Y también el caso, mundialmente conocido, del escritor italiano Roberto Saviano, que por narrar en su magnífico libro “Gomorra” los trapos sucios de la Camorra napolitana, fue amenazado de muerte por sus esbirros y sus capos, lo que le obligaría a cambiar constantemente de domicilio y a ser escoltado por miembros de las fuerzas de seguridad. El libro volvía a ser vehículo de protesta, y objeto de ira de aquellos que no comulgaban con su contenido, por lo general escrupulosamente real.

Parece que hoy resulta mucho más fácil que ayer acercarse a un texto prohibido, al menos en los países de nuestro entorno social y cultural, aunque no deja de conllevar cierto riesgo. El fantasma de la censura está presente en cada esquina y cualquiera puede ser señalado con el dedo.

Cuentan que cuando el psicoanalista Sigmund Freud conoció la noticia de que sus obras estaban siendo quemadas por los nazis – él mismo tuvo que huir in extremis de Alemania y varias de sus hermanas fallecieron en los campos de concentración de horroroso recuerdo – le comentó a un periodista que dicha quema suponía un avance en la historia de la humanidad ya que “En la Edad Media ellos me habrían quemado, ahora se contentan con quemar mis libros”. Sin duda era uno de los últimos sarcasmos del padre del Psicoanálisis, que moría en 1.939, cuando la máquina del terror nacionalsocialista avanzaba por los campos y las ciudades de media Europa dejando tal rastro de sangre y fuego en su demencial camino que ni el más oscuro de los grimorios, ni el más eficiente libro revelado, podría haber previsto jamás.

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