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Nada más que libros – Stefan Zweig – El mosquito y el elefante

25 octubre, 2019 - Literatura
Nada más que libros – Stefan Zweig – El mosquito y el elefante

“Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia. Todos estos nombres expresan una opción que en última instancia es la más personal y la más íntima, la que para todo individuo resulta ser de mayor importancia: lo humano o lo político, la ética o la razón, el individuo o la comunidad”.

Stefan Zweig.

 

 

 

Con estas palabras sella Stefan Zweig uno de sus libros más sugestivos e inquietantes, “Castellio contra Calvino”, que es una revisión histórica de una controversia que trasciende las circunstancias de una época – las de un siglo XVI dominado por tensiones teológicas y abusos de poder que cristalizan en el asesinato de Miguel Servet – para convertirse en el planteamiento de una cuestión genérica y constitutivamente humana: la defensa de la libertad espiritual frente a la violencia ejercida desde el poder.

El gran autor austriaco Stefan Zweig (1.881 – 1.942) publicó “Castellio contra Calvino o conciencia contra violencia” en el año 1.936. Llevaba ya dos años exiliado del continente europeo, de donde tuvo que huir a causa de los nazis; estos habían condenado sus obras a la hoguera, tachadas de “literatura judía y degenerada”. Vivía ocasionalmente en Londres y, desde allí, se afanaba por difundir sus ideas al resto del mundo. En 1.934, vió la luz su magnífica obra de divulgación histórica “Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam”, una declaración de principios por parte de Zweig. Al culto y pacífico Erasmo, cosmopolita y aristocrático, se opone la basta figura de un intransigente Lutero, quién, aunque vociferante y autoritario, estaba llamado a dominar media Europa con sus ideas de reforma.

El autor de “Amok” o “Ardiente secreto”, ensayos tan magistrales como los dedicados a Dostoieswski o Nietzsche, parecía retratarse en aquel manso Erasmo que, desde su cuarto de estudio, proclamaba el humanismo en obras inmortales. También Zweig lanzaba un mensaje para cuantos creían en la concordia de la razón y en la fuerza de los buenos libros: ¡Perseverad en vuestros ideales, seguid escribiendo, pues la tiranía ideológica uniformadora no podrá amordazaros!. Pero desde el exilio, los acontecimientos adquieren un cariz más oscuro: el triunfo de Hitler en Alemania es absoluto; de nada han servido las ideas humanistas contra el terror sembrado por los más fuertes, contra esas multitudes que prefirieron elegir a un predicador de falsedades que les prometió el cielo y la tierra a cambio de su ciega sumisión. Zweig, que intuyó la barbarie futura desde que Hitler apareció en escena, quiere ser ahora aún más contundente en la denuncia del mal. Para ello, y animado por el gran éxito de su “Erasmo”, recurre de nuevo a la Historia para tomar esta vez dos figuras de los primeros tiempos de la Reforma; se trata de los franceses Juan Calvino (1.509-1-564) y Sebastian Castellio (1.515 – 1.563). Ambos eran de carácter tan opuesto y se comportaron de forma tan distinta que Zweig los transformó en arquetipos de sendas maneras irreconciliables de ser, pensar y obrar.

Los dos hombres entablaron una lucha que el pobre Castellio comparó con aquella que librase un mosquito contra un elefante, pero que no es otra que el trasunto de la eterna batalla entre la razón y la sinrazón, la honestidad y la hipocresía; de la sempiterna confrontación entre el individuo singular y el poder de un fanatizado. Su descripción constituye un argumento de una obra magnífica escrita con agilidad y una pasión asombrosas y tan actual que sorprende al lector, pues Zweig penetra en la personalidad de un extremista religioso (Calvino) que se proclamó “siervo de Dios” y que, en nombre del Altísimo, instaura una dictadura teocrática en la que no cabe en más mínimo atisbo de libertad personal, aterrorizando con su poder a la ciudad de Ginebra, cuyos habitantes se ufanaban de contarse entre los más libres y tolerantes de Europa.

La terrible figura de aquel gran inquisidor- frío, calculador, incapaz de goce alguno-, dibujada con sobrecogedora precisión por Stefan Zweig, se torna más repugnante a medida que la narración avanza. Su pragmático celo de moralista demoníaco, las absurdas prohibiciones que impuso a los ginebrinos –vetó toda manifestación de alegría, el canto, las tabernas, el teatro, las efusiones amorosas…en su lugar, el sano trabajo y la asistencia a los oficios divinos ¡hasta tres veces al día!, parecian ya entonces monstruosidades inconcebibles, apenas soportables para personas civilizadas; sin embargo, los apacibles burgueses se las tragaron y se sometieron a ellas durante casi veinte años. Y ¡ay! del que atreviera a discutir las tesis expuestas por el dictador en su especie de “Mein Kampf” piadoso, la “Institutio Religionis Christianae” ¡eran infalibles!. El lo sabía todo acerca de la santísima trinidad o la predestinación, por ejemplo. Calvino, perfecto antecesor y sosias espiritual de un feroz líder yihadista de nuestros días, fundamentalista en nombre de Cristo, encaja en el molde de cualquier tirano. Acosado por complejos inconfesables, odia lo diferente, teme lo diverso y también lo individual; a su alrededor, solo desea corderos y aborrece tanto el talento como la controversia.

Entre las múltiples atrocidades perpetradas por Calvino, quién acabó por ejercer una influencia absoluta sobre el poder civil, figura acaso la más infame: el asesinato público del “hereje” Miguel Servet, quemado vivo, junto con algunos ejemplares de sus libros, a las puertas de Ginebra el 27 de Octubre de 1.553. ¿ La razón de semejante crimen?, el delito de haberse atrevido a pensar de manera distinta a como ordenaba Calvino. El pobre Servet tuvo la osadía de enviar al tétrico tirano una obra suya en la que osaba discutir algunas tesis de la “Institutio”. Calvino jamás se lo perdonó; lo persiguió con saña hasta que logró ajusticiarlo. A muchos molestó el proceder arbitrario de Calvino, pero mientras los más callaban, sólo un intachable erudito, Sebastian Castellio, elevó la voz. Este honesto profesor, traductor de la Biblia al latín y al francés, hombre pacífico pero de inquebrantable conciencia moral y dotado de un agudo sentido de la justicia, se rebeló abiertamente contra la arbitrariedad del dictador. Con su retrato de Castellio, ya no pinta Zweig a otro Erasmo, alejado del mundo, al abrigo de su cálida habitación y de sus libros, sino al intelectual comprometido que está dispuesto a sacrificar su vida al airear en público la injusticia. “Castellio no me refleja a mí”, manifestaría Zweig, “sino al hombre que me gustaría ser”. Castellio escribió y denunció, pero sus libros fueron requisados por la policía religiosa. El más célebre lo publicó bajo el seudónimo de Martín Bellius: “Sobre los herejes, si estos deben ser perseguidos” en 1.553. En esta obra argumentaba que la intolerancia religiosa es anticristiana y que son injustificables las persecuciones y, aún más, los asesinatos de seres humanos tan sólo porque piensen de manera distinta a la establecida según la autoridad eclesiástica. En suma, Castellio calificaba la quema de Servet como acto inhumano y acusaba a Calvino de asesinato; pero, con ello, aquel hombre honesto daba el primer paso hacia el camino de su propio calvario. La persecución desatada contra Castellio, el mosquito que osó picar al elefante, fue despiadada; lo mismo que a Servet, también a él querían condenarlo a morir entre terribles tormentos. Y así habría ocurrido de no haber fallecido inesperadamente, si bien después de haber sufrido numerosas humillaciones. La radiografía psicológica que Stefan Zweig elabora del carácter totalitario es demoledora, perfecta, como también el vigoroso estilo de una obra que arrebata.

 

 

 

 

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