Menu

El vientre de los espejos. Presentación

16 febrero, 2018 - Poesía
El vientre de los espejos. Presentación

El vientre de los espejos, así se llama la nueva sección que hoy presentamos. Toma su nombre del título de un poemario escrito por Fernando Alcaine, cuyos poemas nunca fueron publicados en papel y que vamos a dar a conocer poco a poco en nuestro programa. Los correspondientes audios los iremos alojando en uno de nuestros canales de podcast, además incluiremos sus textos en el blog de Siéntelo con Oído.  Exploramos así esta novedosa forma de editar y distribuir poesía. Pero bueno, lo importante es que la buena poesía cada vez ocupa más espacio en nuestro programa y que eso nos hace felices. Esperamos que lo disfrutéis. Os dejamos con la presentación que nos hace su autor:

 

logo el vientre de los espejos-2

Ir a descargar

Cada hombre se parece más a todos los hombres que a ese arbitrario y simple fantasma que llamamos él mismo.
F. Savater

CONSAGRACIÓN

Veinte años al frente de Circe dan para contar unas cuantas anécdotas sobre el entramado que sostiene la creación literaria en nuestro país. Buena parte de aquéllas ilustran la afortunada exposición de la profesora Martina Velova en su ensayo Los hilos de Odiseo. Aquí no puedo por menos que agradecer a la investigadora rusa su rigurosa e inteligente labor pues me ha liberado de una carga que poco a poco había ido convirtiéndose en excesiva para mis hombros. Quede constancia de mi más sincera gratitud hacia quien, en mi lugar, ha acometido y consumado la ingente tarea de estudio de decenas de miles de documentos: cartas de escritores y editores, pruebas de imprenta anotadas con rectificaciones e indicaciones de todo tipo, contratos, sentencias judiciales, actas del consejo de redacción, informes de detectives, expedientes de la agencia tributaria y de los ministerios de sanidad y vivienda, recibos, facturas, albaranes, dedicatorias autógrafas en tarjetas o en fotografías, artículos inéditos de crítica literaria, cartas al director también inéditas…además, por supuesto, de los 242 números de la publicación aparecidos a lo largo de sus cuatro lustros de andadura.

Eximido, pues, de tan alta responsabilidad con la historia, he podido concentrar mis esfuerzos en un asunto personal cuya conclusión se manifiesta con el presente volumen. Me consta que el recuerdo de la revista sigue vivo: no son pocos los mensajes de agradecimiento que todavía hoy continúan llegándome desde los puntos más insospechados del planeta. Lo cual me confirma tanto en la trascendencia de un esfuerzo colectivo de reflexión literaria y cultural como en lo insólito de un empeño lamentablemente privado del auxilio de continuadores. Constituye esto último, sin duda, el deplorable contrapunto de melancolía que desvanece la legítima satisfacción por lo primero. No niego, en fin, que sea ese cada vez más punzante reparo el que me haya impelido a sacar a la luz, en la forma presente, unos desventurados textos, sustraídos en su momento por mí al escrutinio de la profesora Velova.

En Los hilos de Odiseo ya queda manifiesta mi especial simpatía por una de las secciones de Circe, la última, cierre de la revista amparado bajo el lema “La Vida en un Sueño”. Siento un genuino orgullo al comprobar que fue allí donde vieron impresos sus primeros escritos varios nombres consagrados más tarde por la memoria común. A decir verdad, muchos eran los originales que recogíamos del buzón y muy pocos los elegidos para la incierta gloria. La mayoría de ellos, lo aseguro, acababa archivado en carpetas, mal leve, se convendrá conmigo, si se compara con el de la injuria de su destrucción. Lo cierto es que cuando no hubo otro remedio que la clausura definitiva de nuestras instalaciones –ahogados como estábamos por múltiples problemas, bien detallados, por cierto, en el texto de la Velova- los miembros del equipo directivo nos apresuramos a trasladar el mayor número posible de documentos a nuestras respectivas viviendas. Ya en esos afligidos instantes eché en falta las carpetas con los desechos de “La Vida en un Sueño”. Entonces no sabía que habían de transcurrir casi cinco años hasta el feliz reencuentro con una parte –pequeña, pero para mí valiosísima – del material.

En ese tiempo me hallaba yo enfrascado en el arduo trabajo de recopilación y ordenación temática y cronológica de todos los documentos diseminados por los domicilios particulares de los miembros del equipo de redacción o de sus herederos. Porque Enrique Larrosa y Estela Beroy habían fallecido, Jesús “Calé” Abizanda había marchado del país para establecerse en Texas, Gloria Albar andaba enrolada en una expedición científica por la Micronesia, allá en los mares del sur, y José Larraldea ejercía su profesión de arquitecto en Berlín. De hecho, sólo Elena Orétiz y yo, seguíamos viviendo de forma permanente en nuestras casas de toda la vida. Me resulta penoso detallar las dificultades con que me encontré para reunir los múltiples añicos esparcidos tras el fracaso de Circe. Me basta con referir el emocionante día en que mis ojos volvieron a ver algunos de los escritos descartados para “La Vida en un Sueño”.

Aunque, poco a poco, iban enviándome cajas con papeles yo no dejaba de insistir a mis antiguos colegas o a sus familias en la necesidad de proseguir la búsqueda hasta dar con las carpetas extraviadas. Varios me comunicaron que estaban seguros de no guardar ya ningún documento. Tras casi un año de silencio, recibo una notificación para la recogida de un paquete postal. Elisa Azara –hija del inolvidable Enrique- me enviaba un envoltorio en cuyo interior encuentro esta nota “No sé si es esto lo que buscas” sobre una carpeta de color azul marino ya desmayado, con la parte central del lomo llena de erosiones y la goma dada de sí. En el frente y escrito con grandes letras rojas se podía leer sin demasiada dificultad “LUZ Y AGUA”. Segundos después, compruebo arrebatado que contiene un gran sobre blanquinoso, con la solapa de cierre vuelta, cruzada por una tira ocre de reseco adhesivo. Por su exasperada boca asomaba, como vómito, un montón confuso de amarillentas cuartillas. El vómito de mis sueños.

Muy poco después apareció en mi vida la filóloga Martina Velova. Bien pronto comprendí que su entendimiento no se detenía en la aguda interpretación de los fenómenos culturales sino que, yendo más allá, acertaba a incardinarlos en una secuencia histórica. Como en esencia mi sentido del deber me obligaba a idéntico intento –pero con casi cuarenta años de más a mis espaldas-, no tuve inconveniente en ir delegando de semejante responsabilidad y ponerme, gustoso, a su disposición. Y mucho más a medida que comprobaba con satisfacción la armonía de su penetrante y caleidoscópica inteligencia. Pero no es ése el único bien que había de traerme. Sin ella siquiera sospecharlo me hizo comprender la paradoja de que los papeles de “La Vida en un Sueño” podían interpretarse en un sentido histórico, pero que en su fondo late un corazón en verdad condenado por la historia. De tal manera que para ésta no son otra cosa que “polvo sin mundo”, como dice uno de los textos, en verso de resonancias bíblicas tomado, es obvio, de Miguel Hernández. Considerando, pues, que los inéditos recobrados exigían otra perspectiva, decidí ocultárselos a la Velova y encargarme yo de su estudio, tarea limitada al alcance de mis fuerzas dentro de los numerosos esfuerzos reclamados por el maremágnum documental de Circe.

No negaré que, en un principio, me embargase cierto desencanto. Ningún papel daba indicios de un autor, un lugar, una fecha. Una mano extraña (pero, ¿cómo la de Enrique?) los había embutido en el sobre despojados de cualquier señal identificativa. Aparecía, no obstante, en la parte superior de todas las hojas, escrito a lápiz, un número entre el 1 y el 4, siempre rodeado por un círculo. Se notaba, pues, que alguien (cada vez estoy más persuadido de que fue mi querido Enrique) había comenzado a ordenar el caos. Tras muchas lecturas advertí que dentro de la variedad aparente de los textos agrupados bajo un mismo número se escondía algo así como un hilo común o, si se prefiere, un hilo conductor: el “hilo del día” de algún verso.

El estudio sucesivo de las cuatro partes fue revelándome, pues, su oculto movimiento infinito, semejante al de un planeta. No puedo dejar de ver en ello una de las certidumbres más arraigadas de Enrique: la de que todos los días son un día, del mismo modo que un día es todos los días. En cualquier caso, me correspondía a mí ahora completar la labor, es decir, ordenar los textos dentro de cada parte según esa ley interna y total de sucesión. Pues bien, tras muchas horas de análisis acabó mostrándoseme esa línea oculta que liga las composiciones en un orden muy preciso. Con ello quedaba bien dibujado aquel movimiento constante y esto, no se olvide, convierte el montón de papeles perdidos en una obra: la obra que aquí presento.
La cual, como podrá verse, comienza en ese lugar de la noche llamado madrugada (1); lo recorre y da con la primera luz, que acabará transformándose en día (2); desde ahí, asciende hasta el cénit fugaz e inicia el descenso por ese otro lado del día llamado tarde (3); por último, ésta acaba encontrando su consumación crepuscular y, tras de ella, la obra se interna en la primera oscuridad nocturna (4).

Debo decir que he sido respetuoso con los textos. Me ha ayudado el hecho de que muchos estén escritos a máquina, lo cual, obviamente, facilita su transcripción. Los pocos manuscritos, por otro lado, no presentan especiales dificultades para su lectura: en algún momento he podido tropezarme con un término ilegible pero creo haber salvado con facilidad el problema, ayudado del contexto; eso sí, pongo entre corchetes ([ ]) todo lo añadido para quede constancia de mi intervención. Si en el cuerpo del texto su uso es, más bien, escaso, en los títulos los corchetes aparecen con mucha frecuencia. Ello es debido a que muchas de las composiciones, o bien carecían de él o, si lo llevaban, hacían dificultoso el entendimiento de lo que se dice a continuación. Por supuesto, podía haberlo dejado todo tal y como estaba. Pero el prurito de claridad titular tiene su raíz en mi recuerdo de las irrepetibles veladas en casa de Sarita Armisén. Fue Álvaro Aranuy quien, en el transcurso de una de ellas, calificó de execrables los títulos de unas fotografías aparecidas en Circe. Recuerdo que el principal objeto de su condena era la imagen de una mujer con su bebé en brazos atravesando apresurada y despavorida una calle llena de edificios ruinosos. El pie rezaba: “París, 1942”. Nunca olvidaré su sarcasmo: “¿Qué importan aquí París y 1942?” El autor, argumentaba Álvaro, no había comprendido su propia obra: confundía lo necesario con lo importante. Y en un verdadero título sólo cabe lo importante. Y como ejemplo propuso el de “La tinta de la cancillería”. Comenzó así, entonces, una larga y tortuosa discusión, la primera de otras muchas que sostuvimos a lo largo de los años a propósito de los títulos de diferentes obras.
El que pongo al frente de estos escritos –El Vientre de los Espejos- está tomado, como puede observarse, del de una de las pocas composiciones que, con acierto, lo llevaba. He colocado también al frente de la colección unas palabras de F. Savater trasplantadas desde el poema “El regreso”, pues estoy persuadido de que la cita, convertida en advertencia, conviene, más que a un texto en particular, a su conjunto. Consagro, en fin, a los lectores de esta obra. No quisiera proferir una temeridad en la última línea si los consagro en nombre de quienes han probado ya de las aguas del Olvido.

 

(1) [ME ENCUENTRO EN TODOS]

 

Ojos para la luz o las tinieblas.
También nariz con que respiro el mundo.
Y boca, ¡boca que me aboca al pan!,
¡boca en donde la sed me desemboca!

Y labios, oh la labia de los labios
por buscarse y unirse y ser un beso.
¿Cómo olvidar las laboriosas manos?
Cuando reciben, dan; si dan, reciben:
así nos entretejen como humanos,
tampoco más, pero tampoco monos.
Y pies, también los pies y qué inquietos
nos llevan y nos traen
y nos suben y bajan
y nos aperegrinan en la vida.

Ojos, nariz y boca.
Labios, manos y pies:
sólo soy yo cuando me encuentro en todos.

 

 

Ambientación musical: Wim Mertens, “Humility” de After Virtue (1988)

 

Un pensamiento sobre “El vientre de los espejos. Presentación

Chus Sanjuán

Una voz ideal para hacernos llegar el mensaje de este primer poema. Gracias y hasta pronto.

Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *